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30 de marzo de 2012

CORAZÓN LACERADO




Dicen que andas enamorado de la muerte,
que corres tras ella mendigando sus favores.

Corazón de pergamino,
tachonado sin piedad por besos ausentes;
que escuecen y laceran,
que te resquebrajan y rompen.

Eres sauce que llora,
en el frío esqueleto de tu clausura.
Eres piel tatuada de letras reventadas de dolor.

Déjame que arranque los cristales
de esa coraza arañada de silencios...
déjame que te desnude del desengaño
que un día alguien te ungió.
Si lo hicieras, no te puedo prometer
un manantial de amaneceres;
pero sí, que juntos
escaparíamos de esta triste soledad.


27 de marzo de 2012

TE ESTOY ESPERANDO

Obra de Paul Delvaux


El corazón le palpitaba como una colegiala enamorada. En apenas tres horas, Patricia tomaría el tren que la llevaría hasta Zaragoza. Dos sábados al mes, quedaba con Juan a medio camino entre Madrid y Barcelona, y precisamente hoy hacía un año que se conocieron en un “chat”.

Además de su bolso, transportaba una pequeña maleta con ruedas. Pasó por el salón para dejar una escueta nota de despedida, que su madre leería más colérica, que triste. Cuarentona de carácter dominante, quedó viuda muy joven, e intentó educar a su hija de acuerdo con la teoría de los libros de psicología educacional que caían en sus manos. Se creía una persona inteligente, sin embargo olvidó exteriorizar las aportaciones más importante que unos padres deben efectuar para la formación de un hijo: la comprensión y el cariño. Así paso, que con tanta dictadura matriarcal, Patricia desarrolló una actitud fría y distante hacia ella.

El monólogo del taxista era un eco lejano. Su mente trataba de imaginar la cara que pondría Juan cuando le dijera que se iba a vivir con él. Estaba segura que después de la sorpresa, la ilusión se reflejaría en su cara. Era el momento adecuado. Recién acabada la carrera y sin trabajo a la vista, llevaba tiempo madurando la idea.

Cuando llegó a la estación, aún quedaban veinte minutos para la salida de su tren. No tenía el estómago para echarle nada encima, así que decidió esperar sentada cerca del andén. Se ajustó el gorro de lana que su madre le regaló las Navidades pasadas y se enfundó el guante izquierdo; el derecho cayó al suelo, pero casi ni lo rozó, ya que un joven solícito lo recogió rápidamente.

–Toma –dijo ofreciéndole la prenda.
–¡Gracias!... y perdona –contestó sonriendo–. Parece que estoy un poco torpe.
–¡En absoluto! Lo que pasa es que hace tanto frío que los dedos pierden sensibilidad... Por cierto me llamo David –añadió extendido su mano.
–¡Ah!, y yo Patricia –dijo alargando la suya.
–¿Dónde vas?, ¿a Zaragoza?
–Sí he quedado allí con mi novio.
–Estupendo, yo también... Quiero decir que yo también voy a Zaragoza... no que haya quedado con tu novio –las risas que surgieron parecían cómplices desde la infancia.

La conversación no paró en la hora y media que tardó el tren en hacer su recorrido. Cuando se despidieron, no sabía cómo decir que le gustaría mantener el contacto para consolidar esa incipiente amistad. No hizo falta.

–Bueno Patricia... –dijo David, despidiéndose con dos besos– ha sido un placer conocerte. Ya sabes donde trabajo. Cuando quieras puedes venir a verme... y tu novio, por supuesto. Estáis invitados a la primera ronda.
–...“La Republicana”. No se me olvida. Seguro.

Ignoraban que el encuentro pactado, se produciría antes de lo previsto.

El tren procedente de Barcelona tardaría todavía unos diez minutos. De pie y con una sonrisa iluminando su cara, recordó el primer encuentro con Juan. Hasta aquel día había sido su confidente, su amigo, su “coqueteo” en la distancia; ese día sería su fantasía hecha realidad. Las paredes de aquel pequeño hostal, fueron testigos de una pasión incontenible. Luego vendrían otros en los que se amaron intensamente, hasta que el cansancio se adentraba en sus cuerpos y el tiempo imponía una separación que cumplían a regañadientes.

Había llegado el momento de volver a verle. Ansiosa buscó con la mirada su silueta a través de los grandes cristales de los vagones. No lo veía. Empezó a inquietarse. Llegó hasta el final del andén, y volvió de nuevo a recorrer sus pasos. Todos los pasajeros habían descendido. Pasados tres minutos, solo ella y su maleta hacían sombra sobre las frías baldosas de la estación.

En el teclado del teléfono móvil, sus dedos se movieron nerviosos. No hubo respuesta. Estaba apagado o fuera de cobertura. Repitió la operación otras cinco veces, sin apenas intervalo de tiempo entre una y otra llamada. En su agenda no había otros números donde recurrir en caso de emergencia. Decidió esperar el siguiente tren; sino iría a Barcelona.

Eran las 12,48 cuando llegó a la Ciudad Condal. La tenue luz del sol, calentaba ligeramente sus ateridas manos. Con voz entrecortada le dio la dirección al joven taxista. Miraba absorta por la ventanilla, mientras la sensación de soledad e inquietud se acrecentaba por minutos.

Pagó con prisa, y a zancadas cruzó la ancha acera que separaba la calzada del nº 8. Apretó el botón correspondiente. No hubo respuesta. Insistió dos veces más. Nada. El desconcierto que experimentaba empezó a dejar paso al recelo. Ella quería creer que todo era una terrible confusión, pero su mente no paraba de dar vueltas a un posible engaño. “Tiene que haber una explicación –decía en voz baja, quizá para auto convencerse–. Si por lo menos cogiera el teléfono”.

Una anciana la sacó de su ensimismamiento.

–Perdone joven. ¿Va a entrar?
–¡Oh!, lo siento... estoy en medio.
–No se preocupe.
–Le puedo hacer una pregunta... si no es molestia –dijo sonriendo Patricia.
–Por supuesto. Diga.
–¿Conoce usted a Juan Ortega... del 3º B?
–¡Pues claro! ¡Quién no! Un joven muy atento... pero ya no vive aquí.
–Que... ¿ya no vive aquí? –repitió intentando ocultar su turbación–. ¿Y eso?
–Se marchó a casa de sus padres con su mujer, hace unos quince días.

Patricia tuvo que apoyarse en la pared. Sus piernas flaquearon y sus manos comenzaron a temblar ligeramente.

–Una historia muy triste –añadió la longeva y charlatana vecina, mientras buscaba las llaves en el bolso–. Hace año y medio, Teresa... ya sabe, su mujer; tuvo un accidente de coche y se quedó paralítica... ¡vamos!, en silla de ruedas. ¡Con lo joven que era!... ¡si apenas tenía cumplidos los veinticinco! Precisamente la vi el otro día en el médico. Es que sus suegros... los padres de Juan, viven unas tres calles más abajo –dijo indicando la dirección con un movimiento de cabeza–. Él estaba todo el día pendiente de ella, pero hace dos meses lo echaron del trabajo... la dichosas crisis, que nos afecta a todos..., el caso que como estaban de alquiler... pues ya no podían pagarlo; por eso se han tenido que ir... ¿Usted es amiga de ella, o de él? –preguntó consiguiendo por fin abrir la puerta.

Patricia no había podido reprimir las lágrimas que silenciosas se deslizaban por sus mejillas. El dolor por sentirse traicionada, eclipsaba el lamentable suceso acaecido a esa joven de cuya existencia, hasta ahora, no tenía ni idea. Al principio de su relación, las dudas le asaltaban pensando que quizá Juan conociese a alguna persona en sus salidas de ocio, pero en seguida las desechaba. Lo que nunca imaginó es que hubiese alguien formando parte de su vida... “su otra vida”.

–Pero... ¿está llorando? Está visto que no sabía nada de su desgracia. Realmente da mucha pena. Hacían una pareja ¡tan maja!... ¿Desea tomar un café, y así seguimos hablando? –preguntó deseosa de compañía.
–No gracias. Debo marcharme –respondió Patricia, intentando reponerse.
–Si quiere le doy las señas exactas. Viven muy cerquita. Se puede ir andando.
–Lo siento..., debo tomar un tren... Solo estaba de paso por la ciudad.
–Bien. Les diré que ha preguntado por ellos, pero... ¿cómo se llama? –dijo la anciana elevando el tono de voz, ya que Patricia caminaba por la acera alejándose con pasos rápidos.

No sabía qué hacer. Estaba claro que había sido engañada. Con sus sentimientos heridos marcó por última vez el número que hasta entonces era sinónimo de felicidad. Aún sabiendo que no tendría respuesta, su trémula mano sujetaba el teléfono con fuerza. Después de unos segundos, colgó y eliminó de la agenda el nombre que nunca podría desaparecer de su corazón.

De vuelta ya en la estación, sacó un billete para Zaragoza. Pasaría la noche en un hotel; mañana ya pensaría que hacer. Lo último que ahora deseaba, era volver a casa y escuchar las repetitivas y exasperantes frases de su madre: “Te lo dije”. “¿Ves como siempre tengo razón?”. No lo podría soportar.

El trayecto fue doloroso. No quería creer ni aceptar, que su historia de amor hubiese sido una gran mentira. En la soledad del vagón, lloraba con rabia, torturándose una y otra vez con las palabras que soltó a bocajarro la vieja vecina: “... se marchó con su mujer...”. Era una secuencia que su mente repetía a cámara lenta, una y otra vez.

Cuando el tren llegó a la estación de Zaragoza-Delicias, eran casi las cuatro. La tarde era gélida y el cierzo soplaba con vehemencia, pero Patricia no sentía el frío; solo dolor en su corazón herido.

Tomó un taxi. Quedó vacilante cuando el conductor le preguntó por el destino. Se hundió aún más en su pesar al darse cuenta que solo conocía un hostal en toda la ciudad.

–Lléveme al centro. Al restaurante La Republicana... si lo conoce.
–¡Ya lo creo! ¿Quién no conoce sus riquísimas tapas?
–Por supuesto –añadió en un tono que indicaba su desánimo por conversar.

Se sobresaltó cuando sonó el teléfono. Sus ateridos dedos, intentaron desesperados localizar la rugosa funda en el interior del enorme bolso. Cuando por fin lo hicieron, había malgastado unos preciosos segundos, y los nervios le jugaron una mala pasada provocando que cayera sobre la alfombrilla del coche. Había dejado de sonar. Lo tomó impaciente y revisó las llamadas entrantes. Era su madre. Supuso que habría regresado del trabajo, y nota en mano estaría histérica intentado localizarla. No tenía ganas de hablar. Le mandó un mensaje con dos palabras: estoy bien.

El taxi se alejó, mientras Patricia permanecía inmóvil e indecisa delante del establecimiento que coronaba su fachada con el negro cartel de “LA REPUBLICANA”. Sintió miedo al pensar que quizá David también la hubiera engañado; pero ahora necesitaba un amigo, y no tenía motivos para dudar de él.

Entró vacilante. La exuberante decoración fue lo primero que llamó su atención. Con paso indeciso y mirada escudriñadora, buscó entre la aglomeración de clientes la simpática y atractiva cara que esa misma mañana había conocido. No la encontró. Fue al girarse cuando de repente apareció ante ella.

–¡Patricia! ¿Qué tal? –preguntó jubiloso David–. Me alegro que hayas accedido a mi invitación.
–Hola David –saludó tristemente.
–¿Pero... que te ocurre? ¿Y tu novio? ¿Vienes sola?
–Sí –dijo mientras por sus ojos asomaban nuevamente dos pequeñas lágrimas.
–¡Ven! –dijo él tomándola ligeramente del brazo.

Dos días después Patricia seguía intentado superar el trago amargo que el amor le dio. Sentada en una esquina del barroco y cálido bar, esperaba que David terminara su turno. Leía el periódico sin prestar mucha atención. Quizá por eso no vio una pequeña noticia situada en un extremo de la página de sucesos: “El hombre que atropelló el pasado sábado a un viandante, cerca la estación Sants de Barcelona, conducía bajo los efectos del alcohol. La víctima, un joven de 25 años, de nombre J.O.G, que atravesaba en esos momentos el paso de peatones, murió en el acto”.

PRÓXIMA PUBLICACIÓN


Hoy se ha producido el fallo del jurado en el II Premio de Poesía Amatoria, Gozosa y Erótica convocado por la Editorial Hipálage, así como del II Premio de Microrrelatos Temáticos.

Quiero compartir con vosotros la ilusión de ver publicados un poema de mi autoría y un relato. Es el segundo año que tengo el placer de formar parte de las antologías de esta editorial sevillana.

Gracias.

24 de marzo de 2012

BE(R)SOS


Agazapados, en un rincón del alma,
sueñan los versos nacer;
mientras, ilusionados y permisivos
juegan, a piedra, tijera o papel.

Algunos, vestidos de llanto azul,
como cascadas se dejan caer;
otros, peinados de rubios soles,
hasta las cumbres arrastran su tez;
los más tímidos,
apenas asoman un pie;
y en penitencia andan,
los que perdieron la fe.

Hoy despierto con un poema
que huele a querer;
te lo iré recitando,
mientras adorno de besos tu piel.

22 de marzo de 2012

VIDEO-POEMA (ROBANDO TIEMPO AL TIEMPO)


Poema editado en mi libro "Poetas al unísono" (coautora)

Las fotos las he realizado la semana pasada en un parque cerca de donde vivo.


Exploro con mis manos tu cara,
y no veo al ser que amé,
mas te busco en el alma
y ahí lo encontré.

Te diré que el tiempo todo lo cambia,
sobre todo la apariencia carnal; 
porque el amor sincero,
en la vida se irá.

En otra edad jugaba limpio,
mecía nuestros cuerpos impíos,
pero el tiempo empujó al tiempo
y ahora apenas tengo aliento;
sin embargo ese último soplo
no me lo podrá quitar,
porque estaré contigo amor,
hasta el final y más allá.


20 de marzo de 2012

DEMONIOS ESCONDIDOS



¿Quién espera en el nicho que me habla?
¿Quién me abraza en la incomodidad de las sombras?
Imposible zafarse, e impasible contemplo,
los cielos desnudos del infierno que me atrapa.

En un mundo que se acaba,
en una rueda que ya no gira,
en una voz enmudecida,
en un corazón que ya no juzga.

Callada la mañana que no ve,
silenciada la mano que pedía,
toneladas de piedras en los pies,
clavados los ojos con agujas de reloj.

No sé quién corroe mis entrañas,
ni quién muerde mi respiración.
No sé quien prende la hoguera,
que cada noche me extingue.
Solo sé una cosa...
¡Cuánto pesa el dolor!

19 de marzo de 2012

MI MADRE Y SUS MANÍAS


Me llamo Pablo. Soy hijo único y tengo como padres: un santo y una maniática. Por el género y el adjetivo, ya se sabe quién es el sujeto que ostenta las “manías”. Que conste, que a los dos los quiero por igual.

Las rarezas de mi progenitora “pesaron” mucho en nuestras vidas –la de mi padre y la mía–, no hasta el punto de desquiciarnos, pero poco faltó. Además de las “tradicionales”: apasionada de la limpieza, sobre todo si teníamos visita; obsesiva con el orden, sin necesidad de visita; caprichosa con las comidas, solo un huevo si es frito; contundente con el vestir, rayas y cuadros enemigos acérrimos; tenía otras muy “raras”. Una vez dialogando con mi padre, le pregunté, ¿en qué momento, adquirió estas extravagancias? No supo contestarme. “Llegaron de improviso, sin darme cuenta. Una llevo a la otra, la otra a la siguiente, y así sucesivamente”. ¡Si de soltera, parece ser, que era normal! No hacía la cama, ni ordenaba la habitación, ni ayudaba en casa, pasaba de la limpieza... Nunca conoceremos como se generaron sus obsesiones. Lo que sí sabemos, es que por suerte, una de ellas acabó con casi todas las demás.

Vivíamos en un piso antiguo del centro de la ciudad, de esos que tienen un pasillo de veinte metros... para arriba. El nuestro estaba decorado, rodeado e inundado de alfombras. Las había para todos los gustos: de lana, sintéticas, grandes, pequeñas, hechas a mano, a máquina; pero todas, con “flecos”.

He ahí la causa de una de “ellas”. Tenían que estar bien derechitos, como soldados pasando revista. Para tan ardua tarea, llevaba encima un “peinaflecos”, como lo llamaba. Era simplemente, el peine que viene sujeto en el palo de la escoba o cepillo. Lo afianzaba, siempre, en el bolsillo de la bata y cada vez que veía uno descolocado, sacaba el “arma” y se lanzaba a enderezarlo. Cuando menos lo esperabas, allí estaba, a la vuelta de un recodo, como un mono agazapado quitando piojos a otro.

En principio no era tan trabajoso porque solo éramos tres, y a mi padre y a mí nos tenía muy amaestrados; lo malo fue cuando compramos el perro. Era un “yorkshire”, y tenía el hábito de salir corriendo a toda velocidad cuando sonaba el timbre de la puerta. Enviaba las alfombras y sus flequillos, derechitos contra la pared; lo que provocaba que mi madre saliera corriendo detrás gritando: “como te coja, te doy”. ¡Mentira!, porque luego no daba ni a una mosca; eso sí, la reprimenda le caía seguro.

A él no consiguió adiestrarle del todo, y eso que lo intentaba de vez en cuando, normalmente cuando llovía y veníamos de la calle. Previamente le explicaba cómo debía limpiarse los pies en el felpudo, y luego una vez dentro, cómo tenía que sortear los flecos. Con la primera enseñanza no consiguió nada, pues ella misma elevaba al pobre can cogiéndolo ligeramente por la tripa y moviéndolo hacia delante y hacia atrás, a la vez que restregaba sus pezuñas en el susodicho felpudo. No era lo mismo; sin embargo no manchaba la casa. En cuanto a la segunda disciplina, yo creo que el perro asimiló la mitad, pues aunque seguía con su huida impetuosa ante la llamada del posible visitante, en sus andares diarios y tranquilos, no rozaba casi ningún hilo.

Cuando se marchaban los fines de semana y sabía que iban a venir mis amigos, comenzaba una retahíla de recomendaciones, incluido claro está el, “cuidado con pisar los flecos”, para lo cual me traspasaba el bastón de mando: el “peinaflecos”. Yo por supuesto, ni caso. En cuanto salía por la puerta me resarcía de tanta represión y autocracia, sacando de alineación a todos y cada uno de ellos. Eso sí, antes que volviese, organizaba nuevamente a los integrantes del tapiz.

En una ocasión, de vuelta de sus vacaciones, fui a recibirles a la entrada y debí de poner tal semblante, que mi madre dijo: “Hijo, ¿y esa cara de sorpresa? ¿Es que no sabías que veníamos hoy? La cara era de sorpresa, efectivamente, pero no por su llegada, sino porque acaba de mirar hacia abajo y descubrí, ¡el nudo desecho de un cordón! En ese momento no lo advirtió, fue al día siguiente cuando sorprendió al desertor... derecho, eso sí, pero fuera de su hoyo. No dijo nada. Estuvo delante del problema, mirando y sopesando como volvería a reubicarlo. Por fin encontró la solución. Se acordó de un “ganchillo” que tenía en la costura y que en tiempos usaba para ejecutar esta labor. Se agachó, procedió a la operación, y... ¡helo ahí!, como siempre debería haber estado.

Un día a la semana, tocaba pasar el aspirador. Había cinco enchufes en el pasillo, de sobra para que fuera conectando el cable en cada uno, según iba ganando terreno. ¡Pero no!, ella apuraba hasta alcanzar esa esquina, o ese recoveco; así que en una ocasión dio un tirón y desencajó el enchufe hembra de la pared. ¡Que disgusto se llevó! Fue corriendo al cajón de la cocina a coger un destornillador, que lo mismo valía para apretar un mango de la sartén, que un tornillo de las gafas. Se tiró al suelo y después de mucho batallar y renegar, pues no había manera de volver a empotrar el “puñetero cacharro”, pudo culminar su objetivo.

Otra manía y quizá más aparatosa para ella, era transportar el tendedero plegable lleno de ropa de un extremo a otro de la casa. Normalmente tenía este utensilio en el patio, y ahí estaba si el tiempo era bueno; no obstante si de pronto cambiaba, o barruntaba una posible transformación, agarraba el armazón de alambre con colada incluida, y tiraba pasillo adelante, hasta llegar a la terraza cubierta, diciendo: “Cuidado que voy y no veo nada”. Con esto quería decir que ninguno de los tres, incluido el perro, nos pusiéramos en medio. Poseía una habilidad asombrosa para deslizarse cargada, y por supuesto, sin mover ningún fleco. Los tenía tan controlados... que los intuía, aunque no los viese.

Su teléfono móvil, también usaba como medio de transporte el bolsillo del batín. Creía que si sonaba, y no lo llevaba encima, no lo escucharía. Como había veces que le molestaba al sentarse, solía sacarlo y soltarlo en algún mueble cercano. Cuando estaba en la cocina, lo colocaba en una estantería; que estaba en el salón, pues en el aparador; en el dormitorio, a la cómoda... solo había un problema, y es que cuando se daba cuenta que no lo tenía a mano, empezaba a buscarlo como una loca y siempre terminaba diciendo: “Pablo, llámame, que no encuentro el móvil”. Sabía a quien se lo pedía, porque mi padre ya estaba aburrido de hacerle llamadas perdidas, para buscar el objeto perdido, como decía.

En una ocasión que lo llevaba en el bolsillo trasero del pantalón de chandal, se le cayó al water –menos mal que fue antes de iniciar cualquier acto destinado a modificar por un instante el aspecto de este sanitario–. Rápidamente introdujo la mano, lo desarmó y le pasó el sacador. Nada, todo inútil... se había ahogado. Mi padre le dejó uno suyo, y lo tenía como oro en paño. ¡Hasta le hizo una funda impermeable! Y es que mi madre, tenía muy mala suerte con los líquidos y los aparatos electrónicos o domésticos. Un mando de la tele que tuvimos, pasó a mejor vida porque le echó leche encima. Claro, que también añade vinagre a la lavadora y de momento no ha pasado nada.

Su batín era lo contrario de un “vaciabolsillos”. Siempre lleno de cosas inimaginables. Desde pinzas para el pelo, o la ropa, hasta tiques de la compra, etiquetas de vestidos, o boletos de lotería.

Siempre que se levantaba lo primero que hacía, era ir al baño y colocarse pinzas en el pelo, intentando acomodar más o menos, los desordenados rizos que cubrían su cabeza. Algunas veces iban acompañados de pequeños rulos, que con dudoso arte colocaba entre los mechones para ahuecarlos. Toda la mañana, o incluso el día entero, podía estar con la cabellera decorada. No le molestaba ni un ápice. Tenía tal destreza en quitarse los “cachivaches”, que no tardaba ni cinco segundos; sobre todo cuando alguna vecina llamaba de improviso al timbre. Los guardaba en el bolsillo, y ahí podían estar hasta el día siguiente. Alguna que otra vez se dejaba “algo” abandonado en medio de una onda.

Esta circunstancia se dio estando de compras en un centro comercial. Me extrañaba que la mirasen tanto, y supongo que ella creería que iba “monísima”; sin embargo después de unos cuantos mirones, debió empezar a mosquearse. “Niño, llevo algo raro en la cara”. La miré de frente y dije: “No mamá en la cara no, pero llevas dos pinzas y un rulo en la cabeza”.

Lo raro es, que no se quedasen hipnotizados observando el bolso, no porque fuera de marca, sino por lo abultado que solía llevarlo. ¡Que manía tenía con llenar cualquier cavidad textil de cosas! Aparte de los objetos habituales como: cartera con documentación, monedero, neceser tamaño medio con pinturas, dos paquetes de kleenex, un bolígrafo, un estuche pequeño de manicura, una crema para las mano, vaselina para los labios, un cepillo interdental, un montón de tiques descuento –que siempre caducaban sin ser usados–, plano del metro, bolsitas de plástico para las cacas del perro... llevaba ¡guantes de lana y un abanico!, ambos en verano y en invierno. “Como no molestan”. ¡Si apenas tenía sitio para el resto de los cachibaches! Yo era conocedor de sus posesiones porque cada vez que, lógicamente no encontraba algo, sacaba todo e iba diciendo: “Sujeta, a ver, sujeta ...”, hasta hallar el elemento en cuestión.

Ahora voy a relatar la “santa” costumbre de guardar los boletos del euromillón. Normalmente jugaba una apuesta todas las semanas. Solía comprobarlo pasados dos o tres días del sorteo, y lo hacía en el teletexto de cualquier cadena. Como normalmente no tocaba, lo guardaba en el ya saciado baúl andante. ¿Porqué hacía esa tontería? Ella decía que “por si acaso”. Por si acaso ¿qué? ¿Por si salía el presentador de turno diciendo que los números facilitados eran erróneos ¿todos? y enumerando los correctos, ¡fueran precisamente los suyos. Pues aunque parezca increíble, así pasó..., o parecido.

Pasados los tres días de rigor, se sentó ante el televisor y consultó el boleto. No sé que miraría, pero comento, “nada, como siempre”, y derechito al bolsillo. Sería una corazonada, el destino o un cúmulo de casualidades, ya que estaba en su dormitorio vaciando los bolsillos para lavar la bata y ¡por no ir hasta el cubo de residuos!, lo introdujo en su bolso que estaba abierto justo al lado. Cuando acudió a echar la siguiente apuesta e ir a pagar, se topó directamente con el boleto y sacándolo, pronunció las afortunadas palabras: “Mire a ver si hay algo”. “¿Algo?, ¡tiene usted cinco aciertos y una estrella!”.

Esta fue la manía que exterminó a todas –o casi–, ya que se compraron un piso nuevo con tendedero cubierto, y aunque el pasillo era cortito, mi padre dijo que de alfombras nada, y menos con flecos. Eso sí le regaló a mi madre una hermosa bata con dos grandes bolsillos, para que los siguiera atiborrando de lo que quisiera.

Yo me he independizado quedándome en el piso viejo. Un día organicé una sesión continua de peluquería. Corté todos los flecos y tiré el correspondiente “peinador”... más que nada para evitar recordar viejos tiempos.

De vez en cuando se deja caer por aquí, y a cambio de aguantar un poco su verborrea, hace limpieza general y me deja “taper” de comida. Ahora no me importan sus manías.

16 de marzo de 2012

SE MUERE

Pintura de Fernando Fader

Languidece el invierno,
en los albores de la primavera.
Por su piel se escapa el aroma a nubes,
bajo un manto donde se anclan,
los párpados soñadores
de los jardines en flor.

Sus asientos de fina plata,
son ahora bocetos pintados
de abalorios perfumados;
y la umbría,
sembrada de mullido musgo,
dormirá silenciosa
en los versos caídos a sus pies.

Las lágrimas que un día le alimentaron,
son heridas sangrantes
que su enemigo absorberá despiadado.

Su tiempo se ha agotado.
La muerte suspira cerca.
Ahora es un reo condenado
por un delito prescrito.

(En la tumba del invierno, las flores ríen a carcajadas)


14 de marzo de 2012

HAIKUS LIBRES


La pobre mosca
patea telaraña,
resistencia inútil.

Rama en el río,
cuatro hojas secas
corriente abajo.

El pato duerme,
ni la lluvia, ni el sol
le estremecen.

Calor ardiente,
la chicharra canta
sobre el arbusto.

En rama verde
rojo pende el tomate,
la tierra espera.

El bosque arde,
animales corriendo
en desconcierto.

Viejo camino,
en él ya no florece
la primavera.

Torrente de agua
en la tierra cobriza,
río manchado.


13 de marzo de 2012

LA ACTIVIDAD DEL RONQUIDO Y LA CRISPACION DEL OIDO



¿Qué ocurre? Algo me sobresalta.
Despierto desconcertada.
¡Oh no! ¡Eres tú, “el ronquido”!
amigo fiel de mi marido.

Noctámbulo e insensible vecino,
que no entiendes de silencio.
Compañero eterno del ruido.
Enemigo acérrimo del sosiego.

Mueves los hilos oníricos de tu dueño,
mientras te dedicas a perturbar
la narcosis del compañero,
cuya somnolencia no dejas retomar.

Yo te exorcizaría, cual vil Maligno,
para que abandonases el cuerpo ocupado;
pero no hacen falta conjuros absurdos,
pues ya vomitas endemoniado.

Me conduces a la desesperación.
Ya no sé cuántos chasquidos emplear;
tengo la lengua agotada,
de frotar y recorrer el paladar.

Parece que un movimiento de tu casero,
te hace retroceder y callar.
Es una vaga ilusión.
¡Y de nuevo, vuelta a empezar!

¿Qué hora de la madrugada es?
La hora bruja, más tres.
Restan cuatro horas para levantarme,
y veinte para volverte a ver.

Encamino los dedos meñiques,
derechos a mi pabellón auricular.
Los empotro con firmeza,
y me dispongo a escuchar.

Busco el paradero del rugido gutural.
Ligeramente lo percibo.
Es tan ínfimo y asténico,
que ya no es aflictivo.

¡Qué absurda y fugaz
ha sido esta medida!
Apenas dos minutos, y mis manos
son las únicas dormidas.

¡Ahora que recuerdo!,
ayer compré unos tapones.
¿Desatará este sencillo objeto
el fin de mis alteraciones?

Dirijo mi mano a la mesita.
Tiro del dorado agarrador.
¡No encuentro el estuche
que me dio el vendedor!

Procurando no hacer ruido
sigo con la expedición.
Por fin lo palpo, lo agarro, lo abro,
y espero con ansia la solución.

Se va perdiendo el satánico sonido.
Mis parpados caen en la oscuridad.
Mis pensamientos divagan confusos.
Mi mente penetra en la serenidad.

11 de marzo de 2012

EXISTENCIA



Hay días,
que a pesar de los silencios,
el viento se vuelve canto,
y las nubes desgarradas
abren los ojos del corazón,
para poner respaldo a la muda tristeza.

Hay otros,
que a pesar del perfume nacarado
de la luna, las nieblas se quedan en los balcones,
impidiendo que la brisa acune delirante,
el sueño inocente de la noche.

La mayoría,
son madejas de espinos
que se clavan despiadados
en el punto neurálgico de mi locura.

Hoy,
sabiendo ya de mi absurda existencia,
sospecho que habito en el trozo gris
de un muro, que alguien olvidó pintar.

1 de marzo de 2012

LA ESPERA

Óleo de Pilar Fernandez Alcalá

La espera es emborracharse de melancolía,
apoyarse en los brazos de la desesperanza,
despeinar la lluvia desde la silla vacía...
atornillarse con garras al armazón de la vigilia.

Hay abandono en la piel callada;
tristeza en las manos frías;
arrugas de cansancio,
en los pliegues de la camisa.

La historia cuenta de esperas,
que velaban en la sombra su agonía,
trenzando amargos suspiros,
en los huecos atormentados
de las horas baldías.


LOS PASOS ARRASTRADO (novela juvenil 7ª y última parte)



Una vez dentro, me centré en los dos aposentos que había visitado hace unas horas. En el salón apenas me entretuve, ya que estaba casi convencida que el interrogante que me agitaba, se hallaba en el dormitorio. Cuando por fin entré en el habitáculo en cuestión, no pude evitar que un escalofrío recorriera mi cuerpo. La figura de Ernesto todavía la tenía presente.

Pisé de nuevo mis anteriores huellas al dirigirme hacia la cómoda. Los enseres personales seguían con un orden minucioso. Levanté la cabeza y mis ojos asombrados se reflejaron en el espejo. “¡La fisura! ¡La encontré!”. Todo estaba en su sitio, ¡claro!, menos... ¡el pañuelo! Un pañuelo que no pertenecía a Rosalía, y que yo había visto en otras ocasiones en poder de... su asesino. Porque ahora estaba convencida que la habían asesinado. ¿El motivo?... Era un misterio... de momento.

Estaba decidida a llegar al final y la única prueba que tenía era ésa. Bueno prueba entre comillas –dudé de pronto–. “Tal vez la prenda estuviera ahí desde hacía un semana, por ejemplo. ¡Imposible! Las personas tan ordenadas no soportan nada fuera de su sitio”.

La puerta del recibidor me sacó de la reflexión. Las luces de la entrada se encendieron. Cerré rápido el cajón y me escondí detrás de la butaca, apagando la linterna con manos temblorosas. Unos pasos sin prisa, se encauzaron hacia el dormitorio. El casi imperceptible ruido de las zapatillas se dirigía lento hacia su meta. Intuí la rugosa mano dando el interruptor de la luz. Seguro que venía a por el pañuelo. Tenía que salir para impedir que desapareciera con el único elemento que demostraba su implicación, pero la aparición de un tercer personaje, hizo que cambiara de opinión.

–¿Qué haces aquí Isabel? –preguntó Ernesto con voz contundente.
–¡Ernesto! Me has asustado –dijo con entonación melosa–. He venido a recoger un pañuelo que presté a Rosalía.
–¿Que le prestaste?... ¿o que te dejaste olvidado?
–¡Qué más da! El caso es que hasta hoy no lo había echado en falta –siguió en el mismo tono.
–¡Ya! Y no lo has hecho hasta que no has visto a Enriqueta en el funeral con el suyo, ¿verdad?
–Sí... pero no sé a qué viene tanto interrogatorio.
–Viene, a que tú mataste a Rosalía, y esta tarde te has dado cuenta que había una prueba que comprometía tu presencia esa noche.
–¡Pero te has vuelto loco! No sabes lo que estás diciendo.
–Lo sé, porque yo estuve con ella esa noche, y el pañuelo no estaba cuando me fui. Sin embargo, cuando descubrimos el cuerpo lo vi en esa butaca. Donde tú lo dejaste olvidado. Aunque dudaba por su semejanza, si era tuyo o de Enriqueta... hasta esta tarde. Para evitar cualquier tentación de robo, vine el viernes por la noche a esconderlo.
–Así que confirmas que teníais un romance –gritó Isabel fuera de sí.
–Sí ¿y qué? Rosalía era la persona más atenta y solidaria que he visto nunca, aparte de Elena –añadió orgulloso y liberando su carga oculta– Y tú...
–Y yo ¿qué? –dijo volviendo a su antigua cálida voz– Yo... puedo decir a la policía, si se te ocurre llamarla, que todo ha sido manipulado por ti. ¿Qué motivos iba a tener una pobre vieja para matar a su amiga?... ninguno. Y sin embargo, “su amante”... muchos; como por ejemplo: ¿celos?, ¿maltrato?, ¿dinero? ¿Qué opinarían si declarase todo esto y mucho más que me pudo haber contado? Además creo que no soy la única que lo sabía. Carlota me preguntó, ¡eso sí! con diplomacia, si yo era la única que tenía llaves... conque algo sospechará.
–¡Como pudiste! –dijo Ernesto, dando por acabado el duelo verbal y la búsqueda de un reconocimiento de los hechos.
–¿Que cómo pude?... Lo hice por ti. Porque te quiero. ¿No lo entiendes? –añadió siguiendo con su suave modulación.
–¿Entender? ¿Cómo voy a entender un asesinato?
–Me enamoré de ti desde que llegaste. Al fallecer Elena, vi el camino abierto. Pero Rosalía –añadió con rabia– se metió en medio. Y tú solo tenías ojos para ella. Cuando descubrí vuestros encuentros nocturnos... creí volverme loca. Ya no tenía ninguna posibilidad.

Había dejado de oír a “la Isabel” que todos conocíamos; afable y educada. Sus cambios de entonación me hicieron imaginar una persona esquizofrénica.

–Así que decidiste matarla –aseveró Ernesto.
–Sí –añadió fuera de sí–. Aproveché que dormía para inyectarle insulina. Pero no vas a poder demostrar ni que estuve aquí, ni que lo hice, por que ahora mismo me vas a decir dónde has escondido el puñetero pañuelo. Luego saldré por la puerta y desapareceré con la ¿prueba?... ja, ja, ja –dijo riéndose como una loca.
–No vas a ir a ningún lado –solté saliendo de mi escondite.

Isabel se giró rauda, e incrédula ante mi aparición. Me miró desesperada, y luego a Ernesto. Éste, sin embargo, no mostraba asomo de sorpresa.

–Llama a la policía –dijo Ernesto.
–No puedes hacerme esto –gritó histérica.
–No solo puedo, sino que estoy deseando. Rosalía merece descansar en paz.
–¿Y las dos indigentes?, ¿es que han muerto inútilmente? –preguntó amenazante y viéndose acorralada.

Yo dejé de marcar y Ernesto se estremeció. Tuvo que apoyarse en la cómoda ante la súbita debilidad que le sacudió.

–¿Qué quieres decir? –añadió, intentado desoír las palabras irremediables que Isabel iba a pronunciar.
–Que también las maté... por ti, siempre por ti –dijo moviéndose hacia Ernesto y alargando la mano hacia su cara.
–No... puede ser –añadió éste, echando un paso hacia atrás.
–Claro que sí, cariño. Todo el día estaban detrás de ti. ¿No lo veías? Solo con escusas. Eran a ti a quien querían conquistar, y no lo podía permitir. Antes estaba yo.

Ni Ernesto, ni yo, salíamos de nuestro asombro. En un momento de lucidez, aproveché a poner el móvil en modo grabación.

–¿Y como las mataste? –pregunté con voz apacible para no sacarla de su ofuscación.
–¿Cómo? –dijo obviándome y sin dejar de mirar a Ernesto.
–A Elisa, con heroína adulterada, fue muy fácil; y a Juana de un golpe en la nuca. Luego tuve que darla contra el banco para que pareciera un accidente.
–¿Y con qué la golpeaste? –añadí cautelosa.
–¿Qué más da con qué lo hiciera? –dijo encolerizada y girando la cabeza hacia mí–. El caso es que están muertas, y Rosalía también.

Avanzó un paso hasta Ernesto.

–Ahora tan solo me tienes a mí. Yo nunca te voy a dejar. Te lo prometo –añadió cambiando a un tono sosegado.

Ernesto seguía en otro mundo distorsionado de la realidad, y ante la imposibilidad de reacción, resolví efectuar la llamada interrumpida.

–Y tú... ¡zorra! –dijo con voz áspera y volviendo su endemoniado rostro hacia mí– ¡quédate quieta! ¿Qué te crees que no he visto como has intentado camelarlo?

Se dirigió presurosa hacia una escultura de bronce que descansaba en el ganchillo de la cómoda. Como un animal salvaje defendiendo su territorio, se encarriló hacia mí. Apenas me dio tiempo a esquivar un golpe, cuando volvió a voltear la figura para intentar descargarla con fuerza sobre cualquier parte de mi cuerpo. Estaba tan cegada, que ni veía. Otra mano retuvo la suya justo a tiempo. Ernesto se había aproximado por detrás, y truncó lo que pudo haber sido otro asesinato.

Isabel regresó de su trance paranoico, pero su mirada estaba perdida en algún lugar, o en algún tiempo. Como una niña se dejó guiar sin oponer resistencia. Sentada en la butaca, con las manos cruzadas sobre el regazo, esperó... y pareció asimilar la forma en que su vida había acabado. Sin besos, sin abrazos, sin amigos, sin cariño. Sin todo eso que necesitamos en la juventud y que se acrecienta en la vejez.

El sonido de las sirenas irrumpieron en el silencio de la noche, y las luces de las casas vecinas iluminaron la oscuridad.

CAPITULO NUEVE – EL FINAL

El día siguiente, en cuanto al tiempo, fue una réplica de los quince últimos: seco y caluroso. Estos factores, no hicieron que los vecinos buscaran el frescor de sus hogares. El último suceso y la parafernalia irremediable que se montó a su alrededor, provocó que la calle perdiera su tranquilidad. Los reporteros de prensa, radio y televisión, se unieron a la amalgama de gente que inundaba el barrio. Tuvieron tema de conversación para los largos paseos de verano, las largas tardes de invierno y los largos días de sus vidas.

Los fallecimientos de las dos indigentes, estaban siendo investigados por la policía. Nuestras declaraciones y la posterior confesión de Isabel, dejó zanjados tres expedientes que nunca deberían haberse abierto, de no haber sido por la locura y los celos de una mujer desquiciada.

Ernesto me explicó que esa noche me vio cruzar la calle. Siempre le estaré agradecida por lo que hizo, pero nunca le dije que desconfié de él. Quedó en la creencia que la incesante vigilancia se debía a mi sospecha ante una posible aventura con Rosalía.

Las dos casas colindantes y continentes de los desdichados hechos que destrozaron a sus familias, fueron puestas a la venta. La otra... la iniciadora, la introductora de esta historia, sigue igual. Con el mismo protagonista, la misma escena casi clónica, pero con una diferencia añadida... la sonrisa placentera ya no acompaña al humo.

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