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28 de noviembre de 2012

DOS ACTITUDES, UNA VIDA



El hombre camina deprisa. El reloj marca las 17 h. apenas tiene 15 minutos para llegar. Odia tener que ir al médico. ¡Qué asco de otoño!, piensa. Las calles llenas de hojas secas, polvorientas, rotas... viejas. Tapando las mierdas de perro que antes esquivaba y ahora apenas puede adivinar. Y esa niebla pegajosa que se le adhiere y hace que tenga más frío.

La sala de espera está llena. Alguien dice que el doctor lleva una hora y media de demora. Se desespera y está a punto de marcharse, pero aun así prefiere esperar a tener que hacer otro día el mismo recorrido.

Alguien tose cuando pasa por su lado. Contiene la respiración; no quiere aspirar ningún virus. Cuenta la gente joven que hay, y luego las personas mayores. 3 a 8 es el resultado. “Estos viejos no tienen otra cosa que hacer. Ahí están tan tranquilos, como si no fuera con ellos el retraso”. Mira especialmente a uno, que con cara risueña sonríe a un niño que juega.

Por fin le llaman. Se sienta nervioso. Los resultados de los análisis están perfectos.

Está hecho un chaval –le dice el doctor.
Pues tengo mareos.
D. Arturo, lleva años con ellos. Ya le dije que son de las cervicales, y tendrá temporadas mejores y otras peores; pero qué más quisiera yo, que estar como usted a sus 77 años.

Se marcha pensando que estos médicos no le entienden.Vuelve a pisar el mismo descuidado paisaje, pero ahora más enfadado si cabe.

==000==

El hombre camina despacio. Sabe que tiene tiempo de sobra para llegar puntual a la cita. Pisa sobre el otoño. De niño le encantaba precipitarse por la sequedad de las hojas. Corría por los senderos y se dejaba inundar de esa estación mágica. Una hoja cae delante de él y detiene su baile oscilante cogiéndola al vuelo. La huele y se la guarda en un bolsillo. El viento arrecia y aún así se sienta un instante en un banco; está fatigado. Ahora es una lluvia de colores ocres y amarillos, lo que le rodea. Cierra los ojos y respira despacio.

Llega a la consulta justo cuando el médico sale para decir que lleva una hora y media de retraso. No le importa; por el contrario piensa en lo cansado que acabará hoy el joven doctor.

Introduce la mano en su chaquetón y palpa la calidez y la fragilidad de la hoja. Sonríe; y así, mira embelesado cómo juega un niño. En lo más hondo de su corazón, desea que sepa apreciar los otoños que le regale la vida. Luego mira al malhumorado hombre sentado frente a él, y siente pena.

Su consulta apenas dura cinco minutos. Hoy ha venido por un simple catarro. Sabe que no habrá más, y aún así quiere curarlo. Se despide del médico. Quizá sea el último apretón de manos.

¿Sabe doctor? Creo que no soy tan valiente como creía y sin embargo sí más cobarde de lo que pensaba; pero hoy es un día maravilloso y sé que mañana también lo va a ser.

Regresa con el mismo ánimo. No... más intenso; porque cada minuto que le queda piensa saborearlo despacio. 

12 de noviembre de 2012

EL MENDIGO Y LA NAVIDAD




Sentado en un banco deslucido y desvencijado por el paso del tiempo y de las personas, se hallaba un mendigo. A pesar de su pobreza, demostraba día a día lo único que le quedaba: su dignidad. No quería dar pena, ni mostrar a la sociedad su miseria; por eso, en la medida de sus posibilidades vestía pulcramente y se comportaba quizás un poco altivo.

Pablo le había visto por primera vez hace una semana, en un barrio del extrarradio cuando fue a solicitar un trabajo de Papá Noel. Era uno más entre los cincuenta que se presentaban ese día, y aunque por desgracia muchos aspirantes parecían cohabitar con la carencia de recursos económicos, la actitud equilibrada y serena que manifestaba aquel hombre, es lo que hizo que llamara su atención.
Acercándose al frío banco situado frente a los grandes almacenes y eternamente ocupado por el indigente, Pablo se sentó junto a él.
Parece ser que ninguno de los dos conseguimos el traje rojo –dijo mirando al frente.
No sé a que te refieres –respondió el mendigo en tono indiferente.
¡Al papel de nuestra vida! Hacer jo,jo,jo, mientras mareamos la campana y a los viandantes.
Observándole detenidamente, reconoció al joven que desde hacía unos días pasaba frente a él con mirada risueña y extrañamente familiar.
No era un trabajo bien remunerado –replicó el mendigo, desganado de conversación.
Ya, pero por lo menos habríamos tenido para despedir mejor las Navidades –dijo Pablo.
Para mí son todas iguales desde hace veinte años.
¿Es el tiempo que llevas en la calle?
Más o menos.
Parece que ni la Navidad, ni la gente te gusta mucho; noto cierto resquemor en tu tono.
Ambos son iguales. Hipócritas y consumistas.
Eso depende desde el punto de vista que se mire.
El mío es totalmente objetivo. Todo es falsedad. Los individuos son mezquinos, mediocres y egoístas. Basan su existencia en enriquecerse, denigrando y aplastando al prójimo, y ¡las Navidades! las han desvirtuado a su antojo para seguir satisfaciendo su materialismo.
Vaya, veo que eres bastante radical, pero no todo el mundo es así.
La mayoría.
Yo sin embargo, creo en la gente y en las segundas oportunidades. En algún momento se pueden dar cuenta de su falta de moralidad y sacar a relucir el idealismo que todos llevamos dentro.
Tú si que eres un idealista. Idealista e inocente.
Por cierto, me llamo Pablo. ¿Y tú?
Llámame Antagonismo –dijo sin mucho aprecio.
¡Vaya! Algo muy gordo te ha tenido que ocurrir para guardar tanto rencor.
Yo no mido el tamaño del hecho, ni sus consecuencias; pero sí la insensibilidad y la falta de escrúpulos de quien lo realiza.
Cada mañana, Pablo se sentaba en el banco para compartir bocadillo y conversación. Ese sábado llevaba a cuestas su guitarra, pues había quedado con unos amigos para "darle al cante".
Toma, hoy es fiesta. Nos ha tocado de jamón.
Ya veo –añadió el mendigo–. ¿Qué llevas?, ¿una guitarra eléctrica o acústica?
Acústica –dijo Pablo asombrado–. ¡Vaya! ¿Te interesa la guitarra o la música?
Ahora no me interesa nada. Antes, la música.
¿Te dedicabas a ella?
Era compositor.
!Qué casualidad! En mi grupo somos mi amigo Juan y yo quienes componemos las canciones. Aunque tengo que reconocer que mi padre, nos echa una mano de vez en cuando.
Y ¿qué tal os va? –comentó más bien por cumplir, que por interés.
Bueno … de momento, como miles de grupos aficionados, solo hacemos maquetas y tocamos de vez en cuando en algún local donde los amigos celebran fiestas.
¿Te puedo dar un consejo? –dijo el mendigo.
Claro.
Cuando veas que las cosas mejoran, ten cuidado; pues seguro que la codicia florece a tu alrededor.
No sé porqué lo dices. Mis amigos son gente legal.
Sólo estate atento.
Eran las seis de la tarde de la víspera de Nochebuena, cuando Pablo llegó corriendo y ocupó su sitio en el banco. A pesar de la tarde gélida, llegó acalorado.
!Hola! Estoy agotado. Acabo de venir de clase y he quedado con mi madre para hacer unas compras.
De Navidad, claro.
No sé como decírtelo para que no te ofendas, pero he hablado con mi familia y les he dicho que vendrías a cenar en Nochebuena.
Ni soñando.
Pero ¿por qué? Déjame demostrarte que la gente no es tan mala como piensas.
He dicho que no. A mi no me metéis en vuestro juego. ¿Que pretendéis?, ¿redimir los egoísmos que lleváis innatos y que manifestáis a diario, con un acto de misericordia navideña?
¿Acaso me comparas, con el resto de la gente que tanto odias?
No. Tu eres diferente –dijo un poco apesadumbrado.
Lo soy y lo sabes, porque en este tiempo has permitido que nos conozcamos y si a ellos les dieras una oportunidad, verías que son como yo.
Me lo pensaré –dijo el mendigo, zanjando la conversación.
Era Nochebuena y después de meditar toda la noche anterior, decidió acceder a la solicitud de Pablo. Tardó una hora en llegar, ya que el albergue donde dormía estaba un poco lejos; pero fue puntual. Llamó a la puerta y su único amigo le recibió con una sonrisa.
Pasa y dame tu chaquetón. ¿Me vas a decir tu verdadero nombre, o te presento como Antagonismo?
Me llamo Ricardo.
Muy bien. Vamos al comedor y te presentaré a mi familia.
En dicha estancia se encontraba su madre y sus tres hermanos. Hizo las presentaciones.
¡Buenas noches! –dijo el padre de Pablo, según entraba por la puerta del salón.
¡Hola papá! Te presento a Ricardo.
Pablo estaba desconcertado, tanto su padre, como su amigo se quedaron petrificados uno frente al otro. No sabría explicar exactamente qué clase de sentimientos afloraban al semblante de cada uno. Miraba a un lado, incredulidad y desconcierto; miraba al otro, recelo y desasosiego.
¿Ocurre algo? –exclamó Pablo, atónito.
Que te lo explique tu padre –dijo Ricardo saliendo por donde había entrado.
¿Papá?
Es tu tío.... Mi hermano.
¿Qué hermano?, ¿el que se supone que murió hace veinte años en un accidente?
No hubo tal accidente. Desapareció un día tras una discusión y no volví a saber más.
¿Y qué ocurrió?
La culpa fue mía. Le robé los derechos de autor de una composición.
¿Quéee? ¿A tu propio hermano? Ahora comprendo su manera de pensar y actuar.
Fue una barbaridad lo que hice, y el remordimiento me ha acompañado todos estos años. Intenté localizarle, pero no pude.
Pero, ¿qué te llevó a actuar así?
No sé. Me lo he preguntado muchas veces. Quizás la insensatez de la juventud.
No papá, la insensatez no; la avaricia y el egoísmo. ¿Y te ha merecido la pena?
!Por supuesto que no! Perder un hermano duele mucho.
Pues fíjate él, que además de “perderte”, está viviendo en la calle. ¿Qué vas a hacer para recuperarle?
¿Hacer? ¿Qué insinúas?
No insinúo, te lo digo claramente. Tienes que ir a hablar con él e intentar que te perdone; pero ya te digo, que te va a costar. No se fía de la gente.
Transcurrió un mes de visitas diarias al frío banco, tanto de Pablo como de su padre, para que Ricardo comprendiera que el arrepentimiento de su hermano era real y sincero; pero no porque fuera Navidad, sino porque lo lamentó desde el momento que se produjo el desafortunado incidente.


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