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19 de marzo de 2012

MI MADRE Y SUS MANÍAS


Me llamo Pablo. Soy hijo único y tengo como padres: un santo y una maniática. Por el género y el adjetivo, ya se sabe quién es el sujeto que ostenta las “manías”. Que conste, que a los dos los quiero por igual.

Las rarezas de mi progenitora “pesaron” mucho en nuestras vidas –la de mi padre y la mía–, no hasta el punto de desquiciarnos, pero poco faltó. Además de las “tradicionales”: apasionada de la limpieza, sobre todo si teníamos visita; obsesiva con el orden, sin necesidad de visita; caprichosa con las comidas, solo un huevo si es frito; contundente con el vestir, rayas y cuadros enemigos acérrimos; tenía otras muy “raras”. Una vez dialogando con mi padre, le pregunté, ¿en qué momento, adquirió estas extravagancias? No supo contestarme. “Llegaron de improviso, sin darme cuenta. Una llevo a la otra, la otra a la siguiente, y así sucesivamente”. ¡Si de soltera, parece ser, que era normal! No hacía la cama, ni ordenaba la habitación, ni ayudaba en casa, pasaba de la limpieza... Nunca conoceremos como se generaron sus obsesiones. Lo que sí sabemos, es que por suerte, una de ellas acabó con casi todas las demás.

Vivíamos en un piso antiguo del centro de la ciudad, de esos que tienen un pasillo de veinte metros... para arriba. El nuestro estaba decorado, rodeado e inundado de alfombras. Las había para todos los gustos: de lana, sintéticas, grandes, pequeñas, hechas a mano, a máquina; pero todas, con “flecos”.

He ahí la causa de una de “ellas”. Tenían que estar bien derechitos, como soldados pasando revista. Para tan ardua tarea, llevaba encima un “peinaflecos”, como lo llamaba. Era simplemente, el peine que viene sujeto en el palo de la escoba o cepillo. Lo afianzaba, siempre, en el bolsillo de la bata y cada vez que veía uno descolocado, sacaba el “arma” y se lanzaba a enderezarlo. Cuando menos lo esperabas, allí estaba, a la vuelta de un recodo, como un mono agazapado quitando piojos a otro.

En principio no era tan trabajoso porque solo éramos tres, y a mi padre y a mí nos tenía muy amaestrados; lo malo fue cuando compramos el perro. Era un “yorkshire”, y tenía el hábito de salir corriendo a toda velocidad cuando sonaba el timbre de la puerta. Enviaba las alfombras y sus flequillos, derechitos contra la pared; lo que provocaba que mi madre saliera corriendo detrás gritando: “como te coja, te doy”. ¡Mentira!, porque luego no daba ni a una mosca; eso sí, la reprimenda le caía seguro.

A él no consiguió adiestrarle del todo, y eso que lo intentaba de vez en cuando, normalmente cuando llovía y veníamos de la calle. Previamente le explicaba cómo debía limpiarse los pies en el felpudo, y luego una vez dentro, cómo tenía que sortear los flecos. Con la primera enseñanza no consiguió nada, pues ella misma elevaba al pobre can cogiéndolo ligeramente por la tripa y moviéndolo hacia delante y hacia atrás, a la vez que restregaba sus pezuñas en el susodicho felpudo. No era lo mismo; sin embargo no manchaba la casa. En cuanto a la segunda disciplina, yo creo que el perro asimiló la mitad, pues aunque seguía con su huida impetuosa ante la llamada del posible visitante, en sus andares diarios y tranquilos, no rozaba casi ningún hilo.

Cuando se marchaban los fines de semana y sabía que iban a venir mis amigos, comenzaba una retahíla de recomendaciones, incluido claro está el, “cuidado con pisar los flecos”, para lo cual me traspasaba el bastón de mando: el “peinaflecos”. Yo por supuesto, ni caso. En cuanto salía por la puerta me resarcía de tanta represión y autocracia, sacando de alineación a todos y cada uno de ellos. Eso sí, antes que volviese, organizaba nuevamente a los integrantes del tapiz.

En una ocasión, de vuelta de sus vacaciones, fui a recibirles a la entrada y debí de poner tal semblante, que mi madre dijo: “Hijo, ¿y esa cara de sorpresa? ¿Es que no sabías que veníamos hoy? La cara era de sorpresa, efectivamente, pero no por su llegada, sino porque acaba de mirar hacia abajo y descubrí, ¡el nudo desecho de un cordón! En ese momento no lo advirtió, fue al día siguiente cuando sorprendió al desertor... derecho, eso sí, pero fuera de su hoyo. No dijo nada. Estuvo delante del problema, mirando y sopesando como volvería a reubicarlo. Por fin encontró la solución. Se acordó de un “ganchillo” que tenía en la costura y que en tiempos usaba para ejecutar esta labor. Se agachó, procedió a la operación, y... ¡helo ahí!, como siempre debería haber estado.

Un día a la semana, tocaba pasar el aspirador. Había cinco enchufes en el pasillo, de sobra para que fuera conectando el cable en cada uno, según iba ganando terreno. ¡Pero no!, ella apuraba hasta alcanzar esa esquina, o ese recoveco; así que en una ocasión dio un tirón y desencajó el enchufe hembra de la pared. ¡Que disgusto se llevó! Fue corriendo al cajón de la cocina a coger un destornillador, que lo mismo valía para apretar un mango de la sartén, que un tornillo de las gafas. Se tiró al suelo y después de mucho batallar y renegar, pues no había manera de volver a empotrar el “puñetero cacharro”, pudo culminar su objetivo.

Otra manía y quizá más aparatosa para ella, era transportar el tendedero plegable lleno de ropa de un extremo a otro de la casa. Normalmente tenía este utensilio en el patio, y ahí estaba si el tiempo era bueno; no obstante si de pronto cambiaba, o barruntaba una posible transformación, agarraba el armazón de alambre con colada incluida, y tiraba pasillo adelante, hasta llegar a la terraza cubierta, diciendo: “Cuidado que voy y no veo nada”. Con esto quería decir que ninguno de los tres, incluido el perro, nos pusiéramos en medio. Poseía una habilidad asombrosa para deslizarse cargada, y por supuesto, sin mover ningún fleco. Los tenía tan controlados... que los intuía, aunque no los viese.

Su teléfono móvil, también usaba como medio de transporte el bolsillo del batín. Creía que si sonaba, y no lo llevaba encima, no lo escucharía. Como había veces que le molestaba al sentarse, solía sacarlo y soltarlo en algún mueble cercano. Cuando estaba en la cocina, lo colocaba en una estantería; que estaba en el salón, pues en el aparador; en el dormitorio, a la cómoda... solo había un problema, y es que cuando se daba cuenta que no lo tenía a mano, empezaba a buscarlo como una loca y siempre terminaba diciendo: “Pablo, llámame, que no encuentro el móvil”. Sabía a quien se lo pedía, porque mi padre ya estaba aburrido de hacerle llamadas perdidas, para buscar el objeto perdido, como decía.

En una ocasión que lo llevaba en el bolsillo trasero del pantalón de chandal, se le cayó al water –menos mal que fue antes de iniciar cualquier acto destinado a modificar por un instante el aspecto de este sanitario–. Rápidamente introdujo la mano, lo desarmó y le pasó el sacador. Nada, todo inútil... se había ahogado. Mi padre le dejó uno suyo, y lo tenía como oro en paño. ¡Hasta le hizo una funda impermeable! Y es que mi madre, tenía muy mala suerte con los líquidos y los aparatos electrónicos o domésticos. Un mando de la tele que tuvimos, pasó a mejor vida porque le echó leche encima. Claro, que también añade vinagre a la lavadora y de momento no ha pasado nada.

Su batín era lo contrario de un “vaciabolsillos”. Siempre lleno de cosas inimaginables. Desde pinzas para el pelo, o la ropa, hasta tiques de la compra, etiquetas de vestidos, o boletos de lotería.

Siempre que se levantaba lo primero que hacía, era ir al baño y colocarse pinzas en el pelo, intentando acomodar más o menos, los desordenados rizos que cubrían su cabeza. Algunas veces iban acompañados de pequeños rulos, que con dudoso arte colocaba entre los mechones para ahuecarlos. Toda la mañana, o incluso el día entero, podía estar con la cabellera decorada. No le molestaba ni un ápice. Tenía tal destreza en quitarse los “cachivaches”, que no tardaba ni cinco segundos; sobre todo cuando alguna vecina llamaba de improviso al timbre. Los guardaba en el bolsillo, y ahí podían estar hasta el día siguiente. Alguna que otra vez se dejaba “algo” abandonado en medio de una onda.

Esta circunstancia se dio estando de compras en un centro comercial. Me extrañaba que la mirasen tanto, y supongo que ella creería que iba “monísima”; sin embargo después de unos cuantos mirones, debió empezar a mosquearse. “Niño, llevo algo raro en la cara”. La miré de frente y dije: “No mamá en la cara no, pero llevas dos pinzas y un rulo en la cabeza”.

Lo raro es, que no se quedasen hipnotizados observando el bolso, no porque fuera de marca, sino por lo abultado que solía llevarlo. ¡Que manía tenía con llenar cualquier cavidad textil de cosas! Aparte de los objetos habituales como: cartera con documentación, monedero, neceser tamaño medio con pinturas, dos paquetes de kleenex, un bolígrafo, un estuche pequeño de manicura, una crema para las mano, vaselina para los labios, un cepillo interdental, un montón de tiques descuento –que siempre caducaban sin ser usados–, plano del metro, bolsitas de plástico para las cacas del perro... llevaba ¡guantes de lana y un abanico!, ambos en verano y en invierno. “Como no molestan”. ¡Si apenas tenía sitio para el resto de los cachibaches! Yo era conocedor de sus posesiones porque cada vez que, lógicamente no encontraba algo, sacaba todo e iba diciendo: “Sujeta, a ver, sujeta ...”, hasta hallar el elemento en cuestión.

Ahora voy a relatar la “santa” costumbre de guardar los boletos del euromillón. Normalmente jugaba una apuesta todas las semanas. Solía comprobarlo pasados dos o tres días del sorteo, y lo hacía en el teletexto de cualquier cadena. Como normalmente no tocaba, lo guardaba en el ya saciado baúl andante. ¿Porqué hacía esa tontería? Ella decía que “por si acaso”. Por si acaso ¿qué? ¿Por si salía el presentador de turno diciendo que los números facilitados eran erróneos ¿todos? y enumerando los correctos, ¡fueran precisamente los suyos. Pues aunque parezca increíble, así pasó..., o parecido.

Pasados los tres días de rigor, se sentó ante el televisor y consultó el boleto. No sé que miraría, pero comento, “nada, como siempre”, y derechito al bolsillo. Sería una corazonada, el destino o un cúmulo de casualidades, ya que estaba en su dormitorio vaciando los bolsillos para lavar la bata y ¡por no ir hasta el cubo de residuos!, lo introdujo en su bolso que estaba abierto justo al lado. Cuando acudió a echar la siguiente apuesta e ir a pagar, se topó directamente con el boleto y sacándolo, pronunció las afortunadas palabras: “Mire a ver si hay algo”. “¿Algo?, ¡tiene usted cinco aciertos y una estrella!”.

Esta fue la manía que exterminó a todas –o casi–, ya que se compraron un piso nuevo con tendedero cubierto, y aunque el pasillo era cortito, mi padre dijo que de alfombras nada, y menos con flecos. Eso sí le regaló a mi madre una hermosa bata con dos grandes bolsillos, para que los siguiera atiborrando de lo que quisiera.

Yo me he independizado quedándome en el piso viejo. Un día organicé una sesión continua de peluquería. Corté todos los flecos y tiré el correspondiente “peinador”... más que nada para evitar recordar viejos tiempos.

De vez en cuando se deja caer por aquí, y a cambio de aguantar un poco su verborrea, hace limpieza general y me deja “taper” de comida. Ahora no me importan sus manías.

36 comentarios:

  1. Excelente!!1 Todos tenemos alguna mania, pero todas ellas por favor!!!
    Cuando una causa tan fortuita casi la pierde, fue el detonante...
    Me encanto el tema de los fechas, el peina flecos y finalmente el corte
    Un abrazo

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    1. La verdad es que esta tenía y tiene muchas otras que no cuenta el hijo jajajaja.

      Me encantó tu paso.
      Besitos.

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  2. La señora manías es admirable. Pues sí. Sí, que sí. Mira sino cómo les iba a tocar el euromillón ese si no llega a ser tan, tan, tan, cómo diría yo...,tan por si acaso. :):):):):) Es gracioso este relato aunque pobre perro con tanta manía "flequeril".

    Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.

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    1. Gracias Mos. Basado en un hecho real jajaja, aunque ligeramente maquilladas algunas manías.

      Besos y felicidades.

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  3. Un relato muy interesante y simpático. La verdad es que si nos ponemos a buscar, todos tenemos un buen número de manías. Otra cosa es que algunas son más disimuladas que otras. Pero mira, a veces las manías pueden ayudarnos y todo. Un beso,

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    1. Creo que no somos conscientes de las manías que nos "poseen" quizá deberíamos preguntar a otros... nos sorprenderíamos... y nos reiríamos.

      besos.

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  4. Jajaja, pues son unas cuantas... pero seguro que si me paro a pensar yo tambien tengo mas e tres y no me doy cuenta. Porque sera que casi siempre solo vemos la paja en el ojo ajeno.Pero mira despues de todo fueron sus manias las que la dieron una nueva vida. Me he divetido mucho con tu relato.Un bessito

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    1. Pues sí, unas cuantas, pero por suerte ninguna que provocase conflicto familiar... ¿o es que los sufridores lo tenían asumido? jejeje

      Besitos.

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  5. Como todos los hijos:)
    Mientras las manías les beneficien son gracias des sus madres. Si por el contrario en algo les perjudica o les avergüenza, su madre es un "cuadro":):)
    Afortunadamente las madres tenemos el don de pasar olímpicamente y ya bastante nos quitan desde que los engendramos, como para que nos nieguen nuestras manías:):)

    Muy divertido

    Besos

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    1. Gracias por tu paso Trini. Mi hija se ríe de mis manías y hasta diría yo que se divierte con ellas, pues se lo cuenta a sus amig@s y estos dicen "soy fan de tu madre" ¿lo dirán con segundas? jajaja

      Besitos.

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  6. Uf cuanto fleco por peinar¡¡¡¡
    Que risa, no me esperaba el final, Buenísimo¡¡¡
    Yo no se que manía tendré, seguro que muchas, pero la de guardar resguardos...no¡¡¡
    A lo mejor algún día me tocó la lotería y no me enteré...
    Has llegado con las pilas cargadas del finde, muy bien.
    Muchos besotes.

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    1. Ya te digo jajaja fuera todo lo que lleva flecos, hasta los de la bufanda.

      Más besotes para ti.

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  7. Siempre hay alguna manía por ahí que lleva a otra y así sucesivamente.
    Relato super-ameno y divertido. Me ha encantado y he esbozado varias sonrisas.
    Un abrazo, Teresa.

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    1. ¡Cuando me alegro que te haya hecho sonreír!
      Algunas manías son curiosas y otras graciosas, pero hay que tener cuidado que no sean excesivamente molestas :)

      Besos y abrazos.

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  8. Muy bueno, Teresa, original y entretenido.
    Con mirarnos un poquito encontraremos montones de manías personales, que nos parecen rutinas y que sorprenderían al los demás.
    Un abrazo.

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    1. Gracias Juglar. Lo escribí hace tiempo, pero las manías nunca pasan de moda jejeje

      Besos.

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  9. Es un relato buenísimo, además de encantador. Ay las manías!!!!! Y todos las tenemos, aunque eso sí, unos más que otros. Muchos besos, querida Teresita.

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    1. Manías, manías, a veces benditas y otras... puras pesadillas :):)

      Besitos Campanilla.

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  10. los maníacos compulsivos son absolutamente imperativos
    quienes conviven con ellos no solo han de tener paciencia sino que también firmeza de carácter para que logren hacerse un tratamiento psiquiatrico
    muchos son tomados como chocheras de madre o padre, pero es algo muy serio

    Felicitaciones Teresa, poner en el tapete la fijación es una luz de alerta, que has sabido darle cuerpo y prolongación narrativa con un ritmo muy bueno, y un eje conductor preciso

    besitos y feliz semana

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    1. ¡Vaya Elisa! menos mal que las manías que tengo y conozco de otros, no son compulsivas-imperativas. Miedo me das con lo que dices. :):)

      Gracias por estar siempre ahí.

      Besitos.

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    2. Teresa querida, todos poseemos ciertos grados de manías, pero hay en quienes se gatillan con mucho más notoriedad y es allí en donde debemos de saber poner coto, porque terminan trastornando y sobre todo invalidando la vida de quien la posee, al final la manía posee al individuo y lo excluye de la relación con sus congéneres, no es algo fácil de abordar porque no siempre se reconoce como tal, y se cree que se domina la situación, es como con los adictos, es algo que ocurre a nivel cerebral, por eso lo tomo como un alerta tu texto, que si bien no busca en sí lo denso, sí deja luces en donde reflejarse y es muy bueno que así sea.

      besitos y luz

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    3. Bueno, espero que mis manías (que tengo, y muchas) no me creen adicción a otras, o se hagan más profundas y graves :):)

      Besitos y buena noche.

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  11. jajajajajajaja!!

    Mi madre es algo asì.

    Tenìamos que caminar, dentro de la casa, sobre unos patines hechos de tela, para no ensuciar el piso.

    Un abrazo.

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    1. Me acuerdo. Mi madre nos los hacía poner sobre todo después de dar cera al suelo jejeje era genial, a mi me encantaba, menos cuando perdías uno y tenías que echar marcha atrás.

      Besos.

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  12. Mew encantan Teresa tus relatos, son inigualables. Conozco gente así de maniática.
    Maravilloso.
    te dejo un beso

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    1. Gracias por Osvaldo, creo que exageras un poco con lo de inigualables :)

      Ya lo creo que hay muchas manías raras por ahí rondando, solo espero no llegar a conocer las que están en los extremos.

      Otro beso para ti.

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  13. Mi querida Teresa,
    siempre, siempre, siempre que puedo acercarme ¡Me encanta! Disfruto del fondo del blog mientras se abre la página, de tus fotos otoñales con ese color tan peculiar que tanto me gusta y me pongo hasta nerviosa esperando poder empezar a leer. Eres buena, muy buena y deberías publicar, en serio, para poder acariciar las páginas de tan maravillosas descripciones. Tienes la magia de enganchar y hace tiempo que te lo quería decir. Hoy mismo, he leído en alto "mi madre y sus manías" y lo hubiera grabado y subido a mi blog bien contenta. Ainsss por qué no seré más libre o menos cuidadosa... (pero son tantos los que quiero daros a conocer)... y es que sois unos pocos a los que grabaría cada entrada por lo bien que relatáis y sabéis acercarnos al gusto por la lectura.
    Vaya... te he escrito un mail! jajajajjaj

    Te dejo un fuerte, admirado y cariñoso abrazo y salgo corriendo que hoy me espera un dia maratoniano.
    Me has alegrado el día, como siempre que vengo.

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    1. ¡Hola Beatriz! Tengo las mejillas como la amapolas, rojas rojas. Me halagan mucho tus palabras y para mi es un placer saber que mis escritos gustan de ser leídos. Tengo dos libros y medio (éste como coautora) publicados con la editorial Casa Eolo (figuran en el lateral del blog, con el enlace correspondiente).

      Comprendo tu falta de tiempo y tengo que darte las gracias por la labor tan generosa que haces. Son muchas las ilusiones que regalas cada día, y no sabes lo importante que es eso para todos los que intentamos plasmar nuestro sentir o nuestras ideas.

      Gracias de corazón, y recibe un gran beso y un enorme abrazo.

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  14. Como todos tus relatos, y este no podía ser menos, me ha encantado. Son todo un disfrute, tan amenos, tan peculiares y tan cotidianos. El mundo de las manias es muy amplio y todos tenemos más o menos, pero nunca llegamos a reconocer lo que marcan nuestro dia a dia. Son los demás los que se percatan de ellos.
    Feliz semana

    Besos

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  15. Yo creo que sí somos conscientes de muchas de nuestras manías, pero no en qué grado de intensidad jejeje

    Gracias por tus palabras. Me alegro que te haya entretenido.

    Besitos y feliz semana igualmente.

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  16. OI TERESA!
    REALMENTE A TRADUÇÃO NOS ATRAPALHA UM POUCO,EU FICO COLOCANDO O MAUSE SOBRE O TEXTO PARA PEGAR O SENTIDO DA FRASE EM ESPANHOL, QUE AS VEZES FICA DETURPADA PELA TRADUÇÃO,(NÃO ENTENDO MUITO DE ESPANHOL,MAS UMA PALAVRA AQUI E OUTRA ALI)E COM ISTO VOU LENDO.
    GRATA POR SUA VISITA.
    ABRÇS

    Zilanicelia.blogspot.com
    Click AQUI

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    1. Ya te digo Zilani. Pongo mi traductor a tu comentario, y casi lo entiendo menos.
      En fin. Gracias por tu visita.
      Besos y abrazos.

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  17. Después de leer me he quedado un buen rato mirando la pantalla.
    Te diría muchas cosas, que tus relatos son fabulosos, que enganchan, que narras muy bien...

    Y sabes??? Me hiciste ponerme a contar manías propias jajaja

    Besos

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    1. Gracias Verónica por tus palabras tan halagadoras.

      Creo que es bueno conocerse las manías, así las minimizaremos o enfatizaremos a conveniencia jejeje

      Besotes.

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  18. Teresa:
    Antes que nada, debo decir que el cuento me gustó.
    Obviamente, te has sincerado tanto como para confesar tus intimidades a través de tu alter ego.
    La historia reboza de humor, del fino, aquel que hace sonreír mientras brinda una linda sensación de bienestar. El final es insospechable, lo que agrega esa sorpresa tan valiosa para un remate (es improbable que hayas ganado una fortuna, ¿ o no?).
    Pero, lo que más me hizo sentir como en casa, no han sido las manías, o los demás complementos de la historia, sino la estructura propia de la obra: presentación, sucesión de acciones o elementos similares, bien observados por la autora, y -como ya mencioné- un remate sorpresivo.
    Y digo esto pues he utilizado la misma técnica en algunos relatos míos inéditos. Es una casualidad, como que haya leído tu obra hoy.
    Pese a tanta afinidad, no me avergüenza el felicitarte, porque el relato en sí lo vale.
    Saludos.

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  19. Gracias Arturo.
    Son algunas de las manías que su narrador@ ha experimentado en primera persona. Hay matices un poco exagerados (pero no mucho :)) y desde luego la fortuna no le llegó, pero ¡quién sabe!... con esa manía suya, todo puede pasar.

    Otro saludo para ti.

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