Seguidores

1 de marzo de 2012

LOS PASOS ARRASTRADO (novela juvenil 7ª y última parte)



Una vez dentro, me centré en los dos aposentos que había visitado hace unas horas. En el salón apenas me entretuve, ya que estaba casi convencida que el interrogante que me agitaba, se hallaba en el dormitorio. Cuando por fin entré en el habitáculo en cuestión, no pude evitar que un escalofrío recorriera mi cuerpo. La figura de Ernesto todavía la tenía presente.

Pisé de nuevo mis anteriores huellas al dirigirme hacia la cómoda. Los enseres personales seguían con un orden minucioso. Levanté la cabeza y mis ojos asombrados se reflejaron en el espejo. “¡La fisura! ¡La encontré!”. Todo estaba en su sitio, ¡claro!, menos... ¡el pañuelo! Un pañuelo que no pertenecía a Rosalía, y que yo había visto en otras ocasiones en poder de... su asesino. Porque ahora estaba convencida que la habían asesinado. ¿El motivo?... Era un misterio... de momento.

Estaba decidida a llegar al final y la única prueba que tenía era ésa. Bueno prueba entre comillas –dudé de pronto–. “Tal vez la prenda estuviera ahí desde hacía un semana, por ejemplo. ¡Imposible! Las personas tan ordenadas no soportan nada fuera de su sitio”.

La puerta del recibidor me sacó de la reflexión. Las luces de la entrada se encendieron. Cerré rápido el cajón y me escondí detrás de la butaca, apagando la linterna con manos temblorosas. Unos pasos sin prisa, se encauzaron hacia el dormitorio. El casi imperceptible ruido de las zapatillas se dirigía lento hacia su meta. Intuí la rugosa mano dando el interruptor de la luz. Seguro que venía a por el pañuelo. Tenía que salir para impedir que desapareciera con el único elemento que demostraba su implicación, pero la aparición de un tercer personaje, hizo que cambiara de opinión.

–¿Qué haces aquí Isabel? –preguntó Ernesto con voz contundente.
–¡Ernesto! Me has asustado –dijo con entonación melosa–. He venido a recoger un pañuelo que presté a Rosalía.
–¿Que le prestaste?... ¿o que te dejaste olvidado?
–¡Qué más da! El caso es que hasta hoy no lo había echado en falta –siguió en el mismo tono.
–¡Ya! Y no lo has hecho hasta que no has visto a Enriqueta en el funeral con el suyo, ¿verdad?
–Sí... pero no sé a qué viene tanto interrogatorio.
–Viene, a que tú mataste a Rosalía, y esta tarde te has dado cuenta que había una prueba que comprometía tu presencia esa noche.
–¡Pero te has vuelto loco! No sabes lo que estás diciendo.
–Lo sé, porque yo estuve con ella esa noche, y el pañuelo no estaba cuando me fui. Sin embargo, cuando descubrimos el cuerpo lo vi en esa butaca. Donde tú lo dejaste olvidado. Aunque dudaba por su semejanza, si era tuyo o de Enriqueta... hasta esta tarde. Para evitar cualquier tentación de robo, vine el viernes por la noche a esconderlo.
–Así que confirmas que teníais un romance –gritó Isabel fuera de sí.
–Sí ¿y qué? Rosalía era la persona más atenta y solidaria que he visto nunca, aparte de Elena –añadió orgulloso y liberando su carga oculta– Y tú...
–Y yo ¿qué? –dijo volviendo a su antigua cálida voz– Yo... puedo decir a la policía, si se te ocurre llamarla, que todo ha sido manipulado por ti. ¿Qué motivos iba a tener una pobre vieja para matar a su amiga?... ninguno. Y sin embargo, “su amante”... muchos; como por ejemplo: ¿celos?, ¿maltrato?, ¿dinero? ¿Qué opinarían si declarase todo esto y mucho más que me pudo haber contado? Además creo que no soy la única que lo sabía. Carlota me preguntó, ¡eso sí! con diplomacia, si yo era la única que tenía llaves... conque algo sospechará.
–¡Como pudiste! –dijo Ernesto, dando por acabado el duelo verbal y la búsqueda de un reconocimiento de los hechos.
–¿Que cómo pude?... Lo hice por ti. Porque te quiero. ¿No lo entiendes? –añadió siguiendo con su suave modulación.
–¿Entender? ¿Cómo voy a entender un asesinato?
–Me enamoré de ti desde que llegaste. Al fallecer Elena, vi el camino abierto. Pero Rosalía –añadió con rabia– se metió en medio. Y tú solo tenías ojos para ella. Cuando descubrí vuestros encuentros nocturnos... creí volverme loca. Ya no tenía ninguna posibilidad.

Había dejado de oír a “la Isabel” que todos conocíamos; afable y educada. Sus cambios de entonación me hicieron imaginar una persona esquizofrénica.

–Así que decidiste matarla –aseveró Ernesto.
–Sí –añadió fuera de sí–. Aproveché que dormía para inyectarle insulina. Pero no vas a poder demostrar ni que estuve aquí, ni que lo hice, por que ahora mismo me vas a decir dónde has escondido el puñetero pañuelo. Luego saldré por la puerta y desapareceré con la ¿prueba?... ja, ja, ja –dijo riéndose como una loca.
–No vas a ir a ningún lado –solté saliendo de mi escondite.

Isabel se giró rauda, e incrédula ante mi aparición. Me miró desesperada, y luego a Ernesto. Éste, sin embargo, no mostraba asomo de sorpresa.

–Llama a la policía –dijo Ernesto.
–No puedes hacerme esto –gritó histérica.
–No solo puedo, sino que estoy deseando. Rosalía merece descansar en paz.
–¿Y las dos indigentes?, ¿es que han muerto inútilmente? –preguntó amenazante y viéndose acorralada.

Yo dejé de marcar y Ernesto se estremeció. Tuvo que apoyarse en la cómoda ante la súbita debilidad que le sacudió.

–¿Qué quieres decir? –añadió, intentado desoír las palabras irremediables que Isabel iba a pronunciar.
–Que también las maté... por ti, siempre por ti –dijo moviéndose hacia Ernesto y alargando la mano hacia su cara.
–No... puede ser –añadió éste, echando un paso hacia atrás.
–Claro que sí, cariño. Todo el día estaban detrás de ti. ¿No lo veías? Solo con escusas. Eran a ti a quien querían conquistar, y no lo podía permitir. Antes estaba yo.

Ni Ernesto, ni yo, salíamos de nuestro asombro. En un momento de lucidez, aproveché a poner el móvil en modo grabación.

–¿Y como las mataste? –pregunté con voz apacible para no sacarla de su ofuscación.
–¿Cómo? –dijo obviándome y sin dejar de mirar a Ernesto.
–A Elisa, con heroína adulterada, fue muy fácil; y a Juana de un golpe en la nuca. Luego tuve que darla contra el banco para que pareciera un accidente.
–¿Y con qué la golpeaste? –añadí cautelosa.
–¿Qué más da con qué lo hiciera? –dijo encolerizada y girando la cabeza hacia mí–. El caso es que están muertas, y Rosalía también.

Avanzó un paso hasta Ernesto.

–Ahora tan solo me tienes a mí. Yo nunca te voy a dejar. Te lo prometo –añadió cambiando a un tono sosegado.

Ernesto seguía en otro mundo distorsionado de la realidad, y ante la imposibilidad de reacción, resolví efectuar la llamada interrumpida.

–Y tú... ¡zorra! –dijo con voz áspera y volviendo su endemoniado rostro hacia mí– ¡quédate quieta! ¿Qué te crees que no he visto como has intentado camelarlo?

Se dirigió presurosa hacia una escultura de bronce que descansaba en el ganchillo de la cómoda. Como un animal salvaje defendiendo su territorio, se encarriló hacia mí. Apenas me dio tiempo a esquivar un golpe, cuando volvió a voltear la figura para intentar descargarla con fuerza sobre cualquier parte de mi cuerpo. Estaba tan cegada, que ni veía. Otra mano retuvo la suya justo a tiempo. Ernesto se había aproximado por detrás, y truncó lo que pudo haber sido otro asesinato.

Isabel regresó de su trance paranoico, pero su mirada estaba perdida en algún lugar, o en algún tiempo. Como una niña se dejó guiar sin oponer resistencia. Sentada en la butaca, con las manos cruzadas sobre el regazo, esperó... y pareció asimilar la forma en que su vida había acabado. Sin besos, sin abrazos, sin amigos, sin cariño. Sin todo eso que necesitamos en la juventud y que se acrecienta en la vejez.

El sonido de las sirenas irrumpieron en el silencio de la noche, y las luces de las casas vecinas iluminaron la oscuridad.

CAPITULO NUEVE – EL FINAL

El día siguiente, en cuanto al tiempo, fue una réplica de los quince últimos: seco y caluroso. Estos factores, no hicieron que los vecinos buscaran el frescor de sus hogares. El último suceso y la parafernalia irremediable que se montó a su alrededor, provocó que la calle perdiera su tranquilidad. Los reporteros de prensa, radio y televisión, se unieron a la amalgama de gente que inundaba el barrio. Tuvieron tema de conversación para los largos paseos de verano, las largas tardes de invierno y los largos días de sus vidas.

Los fallecimientos de las dos indigentes, estaban siendo investigados por la policía. Nuestras declaraciones y la posterior confesión de Isabel, dejó zanjados tres expedientes que nunca deberían haberse abierto, de no haber sido por la locura y los celos de una mujer desquiciada.

Ernesto me explicó que esa noche me vio cruzar la calle. Siempre le estaré agradecida por lo que hizo, pero nunca le dije que desconfié de él. Quedó en la creencia que la incesante vigilancia se debía a mi sospecha ante una posible aventura con Rosalía.

Las dos casas colindantes y continentes de los desdichados hechos que destrozaron a sus familias, fueron puestas a la venta. La otra... la iniciadora, la introductora de esta historia, sigue igual. Con el mismo protagonista, la misma escena casi clónica, pero con una diferencia añadida... la sonrisa placentera ya no acompaña al humo.

22 comentarios:

  1. Anda!!! :)
    Ya me olía que Ernesto no era, pero ha sido una sorpresa, qué bueno.

    Has mantenido la intriga y el interés hasta el final, Teresa, y con culpable, al menos para mi inesperada (en este caso)

    Te felicito, Teresa.

    Besos

    ResponderEliminar
  2. Al fín he podido comprobar que las dudas que tenía de que Ernesto no era el asesino no eran fundadas. Como en la mejor novela de suspense el asesino es el que menos te esperas.
    Gracias por esta semana de intriga tan apasionante, me ha gustado mucho la novela.

    Besos

    ResponderEliminar
  3. El asesino nunca es el que lo parece...
    Pero la intriga ha estado llevada hasta el final, con suspense, inquietud, ansiedad...¡¡¡Magnifica escritora¡¡¡
    Queremos otra¡¡¡¡
    Un gran abrazo y muchos besos.

    ResponderEliminar
  4. Teresa no te he podido comentar en el anterior capítulo, pero te aseguro que lo he leído, y este por supuesto. Esto ha sido como un encierro de los Sanfermines, "para quien le guste este tipo de festejos taurinos por supuesto·. Emoción y suspense hasta el final. Hemos descargado gran dosis de adrenalina que nunca viene mal. Enhorabuena criatura por este talento del que estás dotada.

    Besos Teresa.

    ResponderEliminar
  5. FELICITACIONES!!!
    nos mataste con el asesino
    mantener el suspenso es todo logro y un mérito absolutamente genial
    pocos son los autores que dan con este equilibrio y concisión en Novelas cortas, por lo general se desinflan antes jajaja

    Mi aplauso y elogio para tu duende Teresa
    y los deseos de que sigas cultivando este tipo de trabajos

    besitos y luz

    ResponderEliminar
  6. HOLA QUERIDA TERESA
    TE DEJO TODO MI CARIÑO, DISCULPA MI TORPEZA PERO COMO NO HE SEGUIDO LOS CAPITULOS ME HE QUEDADO A MEDIO CAMINO.

    UN BESO ENORME

    ResponderEliminar
  7. Aunque ésta lectura no sea mi fuerte reconozco que pululan buenos relatos por aquí.
    Un placer leerte.

    ResponderEliminar
  8. Premio!!! Ernesto es inocente. Vaya con isabel: loca de celos y enferma.

    Enhorabuena por mantener el suspense y montar tan bien esta farsa con tintes de novela negra.

    Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.

    ResponderEliminar
  9. Bueno, yo he seguido los capítulos, y dejando al margen la intriga que es lo más llamativo, me quedo con la forma de narrar en la que se aprecia un cierto grado de "profesionalidad" necesaria para enganchar al lector. Enhorabuena.

    ResponderEliminar
  10. Gracias por vuestros elogios amigos, pero lo más importante es que hayáis disfrutado con su lectura. Me alegro mucho por ello.

    Besos y abrazos.

    ResponderEliminar
  11. ¡Muy buena historia! final para nada esperado, pobre Ernesto desconfié de él desde el principio jaja
    Besos

    ResponderEliminar
  12. Me imaginaba que Ernesto no era el culpable, pero cada vez que aparecía en escena los latidos se ponían a 100 por hora. Lo de Isabel fue un poco sorprendente...pero era la más candidata.
    Magnífico Relato. Me ha enganchado por completo.

    ResponderEliminar
  13. ¡Ay Teresa! ¡Cuanto me pierdo por no poder más!
    ¡Vaya relatos -vaya relatos!

    Estuve dando un paseo por ahí a bajo y me ha encantado todo lo escrito. Eres una escritora fantástica, te desenvuelves con tus letras como pez en el agua. Enhorabuena. Teresa. Ha sido un placer.
    Procuraré pasar un poco más por esta casa -tu casa.
    Gracias por compartir tus preciosas letras.
    Te dejo mi abrazo y mi agradecimiento.

    ResponderEliminar
  14. Gracias Verónica, Pedro y Marina. Estoy encantada con que hayáis disfrutado. Seguiremos a la vuelta.

    Besos y abrazos.

    ResponderEliminar
  15. Teresa sabes manejar muy bien los personajes y la intriga, llegue a creer en la culpabilidad de Ernesto, pero otro final estupendo
    Abrazo

    ResponderEliminar
  16. Perdona, donde dice: "Rosalía regresó de su trance paranoico...."
    No deberia decir Isabel?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola Lapislazuli! Tienes razón, se me fue el nombre que no era. Lo voy a modificar ahora mismo. Gracias por avisarme del despiste y gracias por tu seguimiento.

      Besos y abrazos.

      Eliminar
  17. Teresa,he leido los capítulos anteriores y he llegado al final,que me ha sorprendido muchísimo...IncreÍble a lo que puede llegar una mente obsesiva y perturbada.
    Mi felicitación por la constancia,destreza y labor policiaca que has demostrado en todos estos capítulos,donde la protagista,nos ha enredado en sus sospechas y cavilaciones,amiga.
    Mi abrazo inmenso y feliz viaje de nuevo.
    Hasta pronto,Teresa.
    M.Jesús

    ResponderEliminar
  18. Genial me lo he pasado bomba con esta mini novela. A si que la mala era ella jajaj ves como no se puede desconfiar de las apariencias?. El amor es capaz de todo...bueno y malo. Me quito el sombrero vecina. Un bessito

    ResponderEliminar
  19. Hola Teresa pensaba que el asesino era hombre y resulto ser mujer... fin de la intriga.
    El amor patológico y enfermizo puede dar lugar a casos de este tipo.

    Un abrazo de MA.
    El blog de MA.

    ResponderEliminar
  20. Gran final para una historia que nos ha mantenido la duda hasta el final.
    Siempre sospeché del pobre Ernesto y ahora me alegro de que no fuese él el asesino.

    Te felicito
    Abrazos

    ResponderEliminar
  21. Gracias Maria Jesús, Men, Ma y Trini. Ya sabemos que las apariencias engañan y estos "viejitos" con tanta experiencia, jugaron bien al despiste jajajaj.

    Besos y abrazos. Nos seguimos.

    ResponderEliminar

Páginas vistas en total