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7 de septiembre de 2011


SOLILOQUIO DE AMOR (LAS LUCUBRACIONES DE
D. IGNACIO)

Puede  que la paciencia descarrile en el reloj interminable de tu ausencia y queden abiertos los nidos del crepúsculo constante de tu corazón. En tus sentimientos dejaré sabanas de ansiedad que no pueden resistir el sinsabor de un mañana que no entenderé.
Si no escuchas el papel que reprime los intentos condenados de besar en la distancia, el regreso a los recuerdos bastarán para olvidar tu cara. Me basta y me sobra los espejos de mi intuición para separar amaneceres que bien podrían llevarme a una existencia de pesadillas.
-¿Perdón?... no entiendo nada ¿que quiere decir? D. Andrés –preguntó solícita Esther.
Nada... que está enamorado –contestó D. Ignacio, mientras alzaba la vista del libro–. Bebe los vientos por Conchita.
¿Usted como lo sabe? ¿Se lo ha comentado?
Para nada... pero entiendo su inquietud.
¿Y cómo es eso?
Porque los cuerdos suelen amar locamente, pero los locos en sus desvaríos de amor aman como los cuerdos, y Andrés lleva padeciendo de este mal desde que la conoció.
¿Y ella? ¿No le hace caso? –preguntó la enfermera, curiosa.
¡Claro que sí! ¿Quien le ha dicho lo contrario?
Pensé que sus palabras eran de sufrimiento.
Y lo son, pero solo porque cree que así es más romántico su amor.
Sigo sin entender nada –comentó la joven.
Mi querida Esther –dijo D.Ignacio mirándola con dulzura– ¿Sabe quien era Jhon Dryden?
No.
Bueno, pues ya lo averiguará. Solo quédese con esta frase suya: “La locura es un cierto placer que solo el loco conoce”.

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