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26 de enero de 2012

ESE EXTRAÑO PRESENTIMIENTO




Los primeros recuerdos de esa casona danzan por mi memoria como chispas que lanza el fuego. Desde muy pequeño me había hipnotizado, quizá por la desnudez de sus paredes o por la altura de su artesonado de madera vieja y oscura, pero cada año que la veía, sentía a la vez una atracción imperiosa por estar allí y un temor profundo a que sucediesen hechos extraños. Quizás este miedo solo fuera creado, deseado y temido por la mente de un niño ansioso de peripecias.

Según contaba mi padre, mi abuela había fallecido cuando él solo contaba con once años, después de una larga enfermedad que la tuvo postrada en la cama durante bastante tiempo, el cual ocupaba rezando. Cuando murió, llevaba encima su rosario cuyo brillo había desaparecido hacía por lo menos una década.

Aquel verano, acababa de cumplir precisamente once años y sabía que iba a ser especial. Sentí como si una alarma interior me avisara del acontecimiento en ciernes que pronto acaecería.

Yo dormía en una alcoba enfrente del cuarto de mis padres y nunca me había importado; pero en esa noche, tenía una extraña inquietud y les dije que me dejaran dormir con ellos. Por supuesto mi madre se opuso, pues no entendía como podía tener miedo después de tantas veces como había usado el susodicho habitáculo.

Acababa de acostarme y mi desasosiego estaba a flor de piel. Repentinamente, noté como una respiración pausada. No sentía el soplo, solo el ruido. ¡Imposible!, sería mi absurda obsesión –pensé–. Contuve la mía y agudicé el oído. Seguía ahí, quizás más lenta todavía. No podía salir corriendo, ya que mis padres pensarían que todo era efecto de no querer dormir solo; así que di media vuelta e intenté ignorarla, ocupando mi mente con otros pensamientos mientras llegaba Morfeo. Nada, todas mis cavilaciones se esfumaban y los cinco sentidos volvían a estar pendientes de mi ofuscación. Ahora no solo notaba el sonido, sino también el hálito. Me levanté como un cohete y corriendo crucé el corredor; haciendo que mis padres encendieran la luz asustados. No dijeron nada, solo me miraron a la vez que se desacoplaron de su sitio para hacerme un hueco.

A la mañana siguiente ya pensando en lo absurdo de la situación, estaba deseando salir a jugar para contárselo a mis amigos; pero me contuve hasta la noche, porque normalmente en ese periodo del día era cuando nos juntábamos para contar historias de miedo. Para dar más emoción a los relatos, quedábamos en los muros del cementerio, y precisamente ahí relaté mi historia, presumiendo de su veracidad y mi coraje; pero modificando el final, ya que no quería quedar precisamente como un cobarde delante de mis compañeros.

Pedro estaba muerto de miedo, pero Antonio no se lo creía, hasta que aquél le dijo que esa sensación la tuvo en una ocasión que entró en la casona cuando aún vivía mi abuelo. “Fue una noche que nos quedamos sin luz, y mi tío me envió a tu casa para ver si nos podía dejar una linterna. Hizo que esperase en la entrada, pero mientras volvía me puse a husmear. Fui hasta la cocina. De repente se apagaron las dos únicas velas que había y empecé a sentir miedo. ¡En pánico se convirtió!, cuando noté la respiración que comentas. Y no eran imaginaciones, era real. Desapareció cuando llegó tu abuelo con el farol encendido”.

Ya no sabía que excusa poner para no dormir solo. Después de la historia de Pedro, si tenía alguna duda sobre lo acaecido la noche anterior, se desvaneció. Velozmente me introduje entre las sábanas y me tapé con ellas hasta arriba, incluida la cabeza, y canturreando bajito, intenté abstraerme con otros pensamientos. Al cabo de un rato llegó el ansiado sueño.

Esa noche no ocurrió nada, o por lo menos yo no lo sentí. La siguiente, estando más relajado, oí un ruido que en principio no identifiqué. Rápidamente encendí la luz, pero no vi nada fuera de lo normal. Estaba atento e inmóvil sentado en la cama cuando... otra vez. Provenía del interior del armario. Reconozco que no soy valiente, y por tanto no pensaba levantarme a mirar. Visionaba rápidamente escenas de películas donde el protagonista iba a averiguar el motivo del zumbido, o chasquido mientras yo decía: ¡no vayas! Por supuesto que no lo hice... a pesar de que el ruido siguió otras 57 veces hasta que cesó.

Cuando me desperté y sintiéndome más protegido, ya que mi madre estaba haciendo la habitación, me acerqué al enorme mueble. Tenía una puerta central con un espejo moteado y oxidado por el paso del tiempo que intenté abrir con discreción, pero el crujido que generó llamó la atención de mi laboriosa madre, que me obligó a cerrarlo inmediatamente; con lo que no pude ver mucho más allá de unas mantas y ropa vieja.

Pasé toda la mañana dándole vueltas al número 59. ¿Por qué ese y no 60? ¿Serían los años que tenía algún antepasado cuando falleció? ¿O con los que contaba la casa? Pensé en interrogar a mi padre, pero siendo un poco prudente y sabiendo de antemano que no llegaría a ninguna conclusión que pudiera resolver el misterio, abandoné la idea.

Esa tarde aprovechando que mi madre estaba fuera, me acerqué nuevamente al descomunal armario. Después de mirar mi imagen reflejada y sintiendo un poco más de coraje, accedí a su interior abriendo la hoja de roble macizo. Solo el olor añejo que despedía su interior, echaba para atrás. De repente, lo vi. Negro, descolorido por el uso, opaco. ¡Era el rosario de mi abuela! Como un autómata lo cogí, y no se porqué, empecé a contar las bolitas... 59. ¡Pero estaban todas unidas! y sin embargo yo las había oído caer una a una!

Enseñé a mi padre el objeto en cuestión y aún sabiendo la respuesta, le pregunté si había sido de su madre. Vi que se sobresaltaba y una mezcla de terror y devoción se dibujó en su cara.

–¿De donde lo has sacado?
–Estaba en el armario grande. ¿Por qué?
–Por nada. Dámelo.

Y sin más se quedó con él, dejándome más confundido que antes. 

Cuando llegó mi madre, les vi cuchichear unos segundos antes de cerrar la puerta de su dormitorio. No sabía qué pensar. Nunca había visto así a mi padre. ¿Habrá sentido añoranza por un lado y por otro sorpresa de encontrarse el objeto, quizá perdido durante años?

Dormí relativamente bien, pues aunque no pasó ningún hecho extraordinario, solo podía pensar en las situaciones extrañas de esos días. Cuando me desperté entraba el sol por la ventana y eran más de las diez. Al darme la vuelta vi sobre la almohada, colocado como dispuesto para ser rezado... ¡el rosario! No entendía nada. Mi padre me lo había quitado y ahora, ¿me lo devolvía arrepentido?

No había nadie en casa. Me preparé el desayuno y cuando estaba dispuesto a salir, entraron mis padres con expresión desencajada. Sin saber como actuar, volví sobre mis pasos y para evitar más enfados, recogí el rosario y se lo deposité en la mano. Ahora la cara era de puro terror.

–Pero... ¿cómo es que lo tienes tú?
–No sé, estaba en mi almohada esta mañana. ¿No me lo habéis dejado vosotros?
–No, lo guardé en una caja con llave.
Ambos progenitores se miraron incrédulos.
–¿Qué pasa? ¿Me podéis explicar qué ocurre?
–Ya sabes que era el rosario de la abuela.
–Si. ¿Y qué?
–La enterraron con él.

Ni que decir tiene, que no volvimos más veranos y la casa se puso en venta.






21 comentarios:

  1. Teresa, los pelos de punta¡¡¡¡
    En el pueblo de mi marido, en la serranía
    granadina, tienen una casona antigua, con sótanos, solanas,pozos, cuadras y hasta un calabozo....
    Allí se murió su madre, un 15 de agosto, sentada en el baño...
    Yo evito ir siempre que puedo, y mis hijos menos...
    Fantasmas "ailos", o no lo son y están ahí?????
    Tu historia ha espantado a mi peón solitario...
    Gracias.
    Un fuerte abrazo.

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  2. Fantástico relato, impresiona pero a la vez te atrapa y no puedes dejarlo hasta llegar al final.
    De él se podría sacar un buen guión de pelicula de terror. Como siempre, en poesía o prosa, siempre maravillosa (a mí tambien me ha salido una rima).

    Besos

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  3. Atrapante, enigmático y profundo relato, bien diagramado, con una cuota de misterio que encierra al lector sin dejarlo huír, conduciéndolo con ansiedad hasta su desenlace final...

    Fantástico, mis felicitaciones Teresa!

    Cariños a tu alma...

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  4. Pues me has puesto los pelos de punta a mí también.
    Estupendo relato. Nos conduces, con habilidad, por toda la trama, hasta el final.
    Enhorabuena, Teresa, por este presentimiento, que extraño o no, nos ha atrapado.
    Un abrazo.

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  5. Gracias Niebla, José Manuel, Movisi y Juglar, por vuestra lectura.

    Me alegra que os haya gustado. Es uno de los relatos que componen mi libro "Más allá de las amapolas".

    Besos.

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    Respuestas
    1. Me encantaría leer ese libro Teresa, desde ya, partiendo del mismo título "Más allá de las amapolas" uno puede intuir que debe ser fantástico,muy interesante, bueno, a pesar de las distancias se dice que nada es imposible, me quedo con esa ilusión, quizás algún día pueda darme el gusto de leerlo...

      cariños teresa.

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  6. HOLA TERESA
    QUE MARAVILLA DE RELATO, TE FELICITO, AMIGA MIA.
    ME QUEDÉ HELADA CON EL FINAL, PARECE QUE ALLAN POE VINO A HACERTE UNA VISITA PORQUE SE HA QUEDADO A VIVIR EN TU PLUMA.
    UNA MAESTRA.
    EXCELENTE TRAMA.

    BESOS

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  7. Qué más quisiera yo que la inspiración de Poe me saludara, aunque fuera de lejos. Muchas gracias por tu comentario, me ha halagado.

    Besos y abrazo Luján.

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  8. Teresa, qué relato!!!
    Muy bien escrito, se hace ameno, te atrapa...
    Te felicito.

    Besos

    (Menos mal que no soy miedosa y no estoy sola en casa jajaja)

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    Respuestas
    1. Gracias Verónica. A este paso me van a salir los colores jejeje.

      Te cuento una anécdota: Cuando mi cuñada terminó de leerlo, era la hora de sacar al perro. Me dijo que se pasó todo el camino mirando hacia atrás. Le dijé: ¡qué exagerada! Pero cuando le ocurrió era invierno, más o menos las once de la noche y en un pequeño pueblo casi "fantasma", vamos sin un alma en sus calles medio iluminadas. No te digo más.

      Me alegro que tú no estés sola, ni seas miedosa.
      Besos.

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    2. Leñe, Teresa, pobrecilla jajajajaja

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  9. Guauuuuuuu, Tere, tu historia me tuvo en vilo hasta el final. Me encanta que el protagonista, en primera persona, haya sido un niño, pues el punto de vista difiere mucho del de un adulto.
    ¡Excelente!

    Besotes.

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  10. ¡Buenísimo, Teresa! me encantan este tipo de relatos misteriosos, en mi blog poemas de vero y más... estoy escribiendo uno que se títula secretos enterrados (en capítulos, por si le quieres echar un vistazo)
    Besos

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  11. Que maravilla de relato, me has tenido en ascua, hasta ese final increible. Un abrazo

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  12. Gracias amigas por vuestra lectura. Al final me han salido... estoy colorada como un tomate jejeje.

    Ha sido un verdadero placer que hayáis pasado un ratito de intriga. Seguiré subiendo algún que otro pequeño relato.

    Besos a tod@s.

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  13. Excelente relato, sinceramente.

    Muy buen ritmo.

    Un abrazo.

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  14. Gracias Gaucho. Un placer tu paso. Seguiré leyéndote.

    Besos.

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  15. Amiga Teresa: La verdades que el relato te atrapa. Sí. Sabes que por tratarse de una casona y un niño algo tiene que pasar pero, la verdad, me ha encantado ese final sorpresivo y espeluznante.
    Buen relato y construido perfectamente.
    Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.

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  16. ¡Hola Mos! Grato sentirte. Sí, hasta yo misma me sorprendí cuando escribí el final jejeje. La casona y el armario todavía existen.

    Besos.

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  17. Joo mis pelos están tiesos y tiritando jajaja. En serio, me ha gustado mucho, desde que empieza nos pones el misterio en la boca hasta el final. Engancha. Me gustan mucho estas historias. Un bessito

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  18. Gracias Men por leer mi relato. Me alegro que te haya gustado.

    Yo te estoy escribiendo sin mirarte a los ojos, por si acaso jejeje. El tuyo es estupendo.

    Besos.

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